Seguramente los celebrará a su manera, sin demasiadas celebraciones, y menos aún Neil Young, apodado “El Solitario”. Pero maldita sea, tiene ochenta años, nació el 12 de noviembre de 1945 en Toronto, y el cumpleaños no será simbólico para él, pero sí lo es para cualquiera que haya sido tocado, tocado, fascinado, conmovido por su música durante el último medio siglo. Neil Young es el menos rockstar de todos, es decir el más libre, el que no tiene compromisos y por eso hoy, en la era del conformismo musical, sigue siendo el más joven, el que de todos modos mañana podría lanzar otro álbum que mezcle las cosas, lo que no esperamos, que incluso podría volverse viral en TikTok porque en TikTok no importa la edad sino lo que dices y a quién tocas.
En definitiva, nadie hubiera pensado que Neil Percival Young, hijo de un periodista deportivo y madre francesa, sería tan mayor, dada su vida agitada y plagada de desgracias. Diabetes y polio de niño (todavía cojea un poco). Dependencias. Tres niños que padecen enfermedades implacables, parálisis cerebral y epilepsia.
Una historia atormentada desde que (como se ve en la película biográfica Heart of Gold de 2006) cuando era adolescente ponía monedas en la máquina de discos para escuchar Four Strong Winds de Ian Tyson una y otra vez. Desde entonces, poco a poco, el canadiense gruñón se ha convertido en un gigante que ha cambiado tantas veces sin dejar de ser prácticamente el mismo y su carrera, podemos decir hoy, es una cosecha lujosa, una cosecha inimitable como su disco más famoso, una cosecha de estilos, de invenciones, de protestas, de poemas callejeros. Es indefinible, Neil Young, por lo tanto siempre moderno, aunque empezó a mediados de los años 60, se dio a conocer primero con Buffalo Springfield, formado con Stephen Stills, a quien luego encontró en Crosby, Stills, Nash & Young para actuar en Woodstock y convertirse en los símbolos de un folk rock lo suficientemente activo como para convertirse en un abanderado de la música entre los años 60 y 70.
Sin embargo, a diferencia de muchos otros, Neil Young siempre ha sido coherente y, de hecho, en Woodstock se negó a ser filmado porque, seamos claros, la música y el vídeo no tenían entonces la misma relación simbiótica y complaciente que tienen hoy. Por eso este hombre erizado y solitario, de voz melancólica y siempre las mismas camisas de cuadros, es apreciado aún hoy y gana con distanciamiento a una generación de sus pares que, eso sí, hizo concesiones, muchas de ellas y a menudo en secreto.
Neil Young, a quien la revista Rolling Stone sitúa como el 34º mejor artista de todos los tiempos (y el 17º entre los mejores guitarristas), siempre ha seguido su propio camino, grabando un disco en solitario tras otro pero cada uno diferente a otro, del country al rock pasando por el folk y el proto grunge.
Grabó canciones como la triste y acústica The Needle and the Damage Don, inspirada en la adicción a las drogas y la muerte por sobredosis de Danny Whitten, guitarrista de su banda Crazy Horse y símbolo de una división generacional que devastó los años 70 y 80. “Vi cómo la aguja se llevaba a otro hombre desaparecido, perdido, con el daño hecho”. Pero resumió, quizás sin querer, la epopeya autodestructiva del punk y mucho rock en la frase “Es mejor quemarse que desvanecerse” de My My, Hey Hey (Out of the blue) que era la contraparte de Hey Hey My My (Into the dark) también del mismo álbum Rust Never Sleeps de 1979. Esta frase fue utilizada por Kurt Cobain en la carta de despedida que encontraron junto a su cuerpo tras el suicidio. Unos meses más tarde, Neil Young le dedicó un disco y al año siguiente, en 1995, grabó Mirrorball con Pearl Jam, definiendo para siempre lo que es el grunge.
Desde entonces, decenas de giras, discos, reediciones, descansos solitarios y polémicas públicas como la contra Spotify o la contra Elon Musk y Tesla en el disco Talking to the Trees editado por
pequeño. Podría sentarse en el sofá disfrutando de la fama y el dinero, pero a los ochenta años, el anciano solitario sigue siendo hosco, discutidor, vivaz y luego dices que no necesitas un talento tan tenaz para escribir historia.