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El rumor ya circulaba desde hacía varios meses. Algunos periódicos informaron inicialmente sobre arrestos y expulsiones de refugiados uigures por parte de las autoridades de Ankara. Es el caso de Hocamniyazov Kurbancan, titular de un permiso de residencia ilimitada en Turquía, detenido por la policía al regresar de una peregrinación a La Meca, poco antes del verano de 2024, y enviado a un centro de deportación. Los de Mahemuti Anayeti y Aierken Abuduwaili, para quienes los tribunales administrativos de Estambul ordenaron a mediados de marzo el regreso directo a China, rompiendo con la práctica anterior de expulsión a través de terceros países. Sus abogados han apelado. Son muchas las historias que cuestionan la política de acogida mostrada abiertamente por Ankara hacia los uigures.

Desde hace años, el Gobierno islamonacionalista del presidente Recep Tayyip Erdogan se presenta como protector de los miembros de esta minoría étnica china, considerado un “pueblo hermano” dentro de la gran familia musulmana y turca. En 2009, tras la sangrienta represión de las revueltas, el jefe de Estado turco no dudó en denunciar una “una especie de genocidio” y, en 2019, su Ministerio de Asuntos Exteriores describió la detención de uigures en “campos de concentración” De “vergüenza para la humanidad”.

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