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Cuando Rosalía Vila Tobella era niña, el tiempo que pasaba con su abuela resonaba en la casa al son de melodías clásicas de Pavarotti. Estas atmósferas se han instalado en la memoria del artista catalán, que va por su cuarto disco. “Quería entender cómo funcionan otros idiomas”, dijo Rosalía en una entrevista con The New York Times; su intención era crear un disco tan grande que contuviera lugares, perspectivas y sonidos distantes entre sí. Con “Lux”, este deseo toma forma en una obra monumental: trece idiomas – incluso siciliano en “Focu ‘ranni” – se entrelazan como instrumentos, orquestaciones sinfónicas, un coro catalán y la presencia de Björk e Yves Tumor, suspendidos entre el altar y el club berlinés Berghain. Grabado entre Londres, Barcelona y Reykjavík, “Lux” es el resultado de dos años de estudio obsesivo. Rosalía se rodeó de la Orquesta Sinfónica de Londres y de Caroline Shaw, compositora ganadora del Premio Pulitzer y colaboradora favorita del cantante, tendiendo un puente entre la liturgia y el pop, entre el canto gregoriano y el glitch electrónico. Es un viaje impregnado de “misticismo femenino”, en el que resuenan las vivencias de santas de tiempos y lugares lejanos.

De la escuela flamenca al pop mundial

A partir del folk contemporáneo de “Los Ángeles” de 2017, Rosalía reescribió el flamenco a través de la electrónica al año siguiente en “Con El Mal Querer”. “Motomami”, estrenada en 2022, fue un collage de reguetón, arte pop y vulnerabilidad que la convirtió en un ícono de la hibridez. “Lux” representa un regreso a la esencia, pero a través del caos. Como Björk antes que ella, Rosalía parece pensar en contradicción. Cada álbum es una reacción al anterior, probablemente por la “confianza” de la que habla el artista, precisando que proviene de no temer al fracaso. Esta idea fue reforzada por los libros de Ocean Vuong, a través de los cuales Rosalía aprendió que la imperfección es sinónimo de humanidad y que no lograr del todo lo que nos proponemos no es una tragedia.

Un cuerpo de sonidos en transformación

Escuchar “Lux” es como caminar por una catedral en construcción. Cada canción abre un pasillo diferente. “Porcelana” entrelaza el idioma japonés y los aplausos, “La Perla” es un vals atemperado por la risa, “La Rumba del Perdón” otorga indulgencia al remodelar el fado. “La Yugular” expresa en la música el concepto de la religión islámica según el cual el individuo debe reconocer su lugar en la creación y su relación con lo divino. La voz de Rosalía, a veces operística, a veces áspera, mantiene unidas las tensiones de un disco tan conceptual como emotivo. El álbum, aunque dividido en movimientos, devuelve la música pop a su sentido más literal, “popular”, al sentido de compartir lo humano. No es casualidad que al comienzo del álbum, tras una introducción al piano, el primer sonido humano sea un soplo. Por supuesto, ciertos momentos parecen más ejercicios de estilo que revelaciones. Pero en su riesgo hay una idea no obvia del arte contemporáneo, que no se conforma y no teme dialogar con diferentes niveles estéticos y significados. A su manera, “Lux” es una prueba de que la música pop todavía puede ofrecer misterio.

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