El artículo de portada de Lancet de esta semana aborda el espinoso tema de “cómo hacer que el tratamiento de la obesidad sea más equitativo”, en una amplia reflexión sobre cómo está cambiando el panorama de los medicamentos contra la obesidad. Entre la expiración de la patente de semaglutida, la llegada de opciones orales y biosimilares de coste ultrabajo, 2026 será un año crucial para el mercado de medicamentos contra la obesidad y, por tanto, para la práctica clínica. Y con costes todavía prohibitivos para muchos, capacidades de producción limitadas por parte de los laboratorios farmacéuticos y limitaciones en la cadena de suministro (y frío para los inyectables), los mil millones de personas afectadas por la obesidad en el mundo siguen con gran atención la evolución de esta historia. Porque el reto actual ya no es demostrar la eficacia de los fármacos basados en incretinas (análogos del receptor GLP-1 como la semaglutida, dobles agonistas como la tirzepatida y futuros triples agonistas como la retatrutida). Pero garantizando que realmente lleguen a todos los que los necesitan.
El año 2026 podría pasar a la historia como un punto de inflexión en la lucha contra la obesidad. Después de una década de crecimiento exponencial, los medicamentos basados en agonistas del receptor GLP-1 están transformando radicalmente el control clínico del peso, con un mercado que se estima alcanzará los 150 mil millones de dólares en 2035. Pero, por supuesto, esta historia no puede leerse únicamente desde una perspectiva empresarial. Más de mil millones de personas en todo el mundo viven con obesidad, con un aumento particularmente rápido en los países de ingresos bajos y medianos. Pero es precisamente donde la necesidad es mayor donde el acceso a los tratamientos sigue estando limitado por los altos costos, la insuficiente capacidad de producción y las frágiles cadenas de suministro. Un desequilibrio que, según los expertos, podría empezar a reducirse en los próximos meses.
Patentes caducadas y “momento” de biosimilares
En efecto, a partir de abril, las patentes de la semaglutida, el fármaco de gran éxito (Ozempic®, Wegovy®) que inauguró este capítulo innovador en el tratamiento de la obesidad (antes de “sema”, se había probado la liragluglutida, también de la danesa Novo Nordisk, pero con resultados modestos) comenzarán a caducar en varios grandes mercados emergentes -entre ellos Brasil, Canadá, China, India y Turquía- que en conjunto representan aproximadamente el 40% de la población mundial. Y el efecto podría ser perturbador.
Varias compañías farmacéuticas chinas e indias se preparan para lanzar versiones biosimilares a gran escala del “sema”, provocando una competencia similar a la que, a principios de los años 2000, afectaba a los medicamentos antirretrovirales contra el VIH. Según estimaciones preliminares (publicadas como preimpresión en MedRxiv), una versión biosimilar inyectable podría costar tan solo 28 dólares por persona al año. Y a finales de 2026, estas terapias podrían llegar al mercado de 160 países, satisfaciendo el 84% del mercado de medicamentos contra la obesidad. Una perspectiva verdaderamente revolucionaria, que supondría una auténtica revolución para los sistemas sanitarios y los inversores, pero no exenta de riesgos.
Directrices de la OMS sobre la obesidad
Abordar un número tan grande de personas obesas no se trata sólo de reducir los precios de los medicamentos. La Organización Mundial de la Salud ya incluyó a los agonistas del GLP-1 en la lista de medicamentos esenciales y publicó directrices “globales” para su uso. Pero al mismo tiempo envía un mensaje muy claro: se necesitan herramientas sistémicas en la lucha contra la obesidad. Las compras centralizadas, los precios escalonados, las licencias voluntarias y la producción local serán clave para evitar que la innovación se limite a los mercados más ricos. Mientras tanto, las grandes empresas farmacéuticas intentan defender su cuota de mercado con estrategias como las “patentes”, es decir, múltiples patentes destinadas a un único producto, también relacionadas con los dispositivos de administración, así como con el ingrediente activo. Un análisis reciente (también publicado en The Lancet en febrero pasado) de patentes relacionadas con combinaciones de fármacos y dispositivos que contienen agonistas del receptor GLP-1 encontró que el 57% eran patentes de dispositivos, sin ninguna referencia a ingredientes activos, estructuras químicas o clases terapéuticas. Este enfoque podría frenar el crecimiento de los biosimilares.