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Hay un olor que no desaparece. Es el de la sangre seca sobre el asfalto de Nápoles, de los años 80, en una época en la que ser periodista policial significaba aprender a nadar de la manera más brutal: con un empujón y el ancho mar frente a ti, sin piscinas, sin instrucciones. Marco Ciriello ha atravesado por completo este mar y, en “Un giorno di questo” (Rubettino, nueva edición ampliada 2025), regresa a la orilla para contárnoslo, con la voz de quien sabe que la historia es el único camino para evitar ahogarse.

Él es quien abusa del título. Pero es también una condición del alma que afecta a media Nápoles: el chico del café en el bar, el contrabandista debajo del edificio, el periodista sin contrato que roba trozos de dolor para llenar de plomo las columnas. Ciriello lo sabe bien, porque eso es exactamente lo que hace desde hace años, y no solo. Junto a él estaba Carmine Spadafora, la compañera de cada historia, la otra mitad de la aventura. Sandokán y Yáñez se definen, pero sin la fijeza del rol: cambian cada día. Tenían un solo coche, el Alfa 33 color tabaco de Carmine, tan parecido a un coche camuflado que alguna vez lo utilizaron para hacerse pasar por financieros, y un gran deseo de ser algo antes de ser alguien. Juntos compartían casi todas las tareas, cada viaje a la escena del crimen. Juntos aprendieron a leer los cuerpos como si fueran partituras, a acostumbrarse al olor de la sangre, a los pies descalzos, a las camisas siempre sucias. Carmine es el testigo del testigo y el libro vive de su presencia constante.

La historia se desarrolla en episodios, como un álbum de instantáneas tomadas con el destello de la memoria. No hay argumento, hay algo más raro: una temperatura. El calor húmedo de una entrevista con la madre de un presunto asesino en Torre Annunziata, donde la mujer manda sobre su hijo y se nota en la organización de las cosas en la cocina. La fiebre de los que van en Vespa tras Nunzio Giuliano, un disociado de la Camorra que escuchaba jazz y leía La gaviota de Bach y que más parecía un personaje de la dinastía Yuan que Forcella.

A través de estos fragmentos, la figura de Giancarlo Siani aparece no como un monumento sino como una pregunta: ¿fue asesinado por haber escrito y publicado, o por no haber publicado lo que había escrito? Siani fue el más abusivo de todos, porque desde Nápoles se dirigió a Torre Annunziata como enviado a un país extranjero, realizando una autopsia del territorio con la máquina de escribir.
Ciriello no se toma a sí mismo demasiado en serio aunque diga cosas terribles. Recuerda con la misma claridad las películas de Buttiglione en su chaqueta y al comerciante lavando la sangre de la acera con un cubo azul en Via Salvator Rosa. Cuarenta años después, ese cubo sigue ahí, en su cabeza. La memoria del okupa no elige, lo recuerda todo.

Ésta es la grandeza del libro: no es una memoria sobre la Camorra, no es un ensayo sobre periodismo, no es una elegía a un colega asesinado. Son todas estas cosas reunidas, mantenidas por una prosa que tiene el ritmo de las conversaciones nocturnas. Ciriello escribe mezclando a Dickens y la Smorfia, Nooteboom y Gigi D’Alessio, con una naturalidad que no se puede enseñar.

Y en el sorprendente paralelo entre Troisi y Siani, dos niños que dejaron su huella en el panorama de la bella Nápoles, que siguieron siendo niños porque la muerte no los dejó envejecer, se encuentra quizás la página más lúcida escrita sobre esta generación. Cualquiera que haya sido violento una vez será violento para siempre, advierte Ciriello. Pero a veces, un día de estos, el okupa escribe un libro que ningún asalariado podría escribir.

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