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Nuestra realidad es metropolitana. Ya sea que vivamos en Marsella, Aix, Aubagne, Vitrolles, Miramas, Mallemort o Fos, nuestros viajes, nuestro aire, nuestra agua, nuestros hogares, nuestros trabajos, nuestros negocios, nuestras actividades de ocio, nuestro acceso a los servicios públicos dependen en gran medida de las decisiones metropolitanas. Sin embargo, esta evidencia no se refleja ni en el debate público, ni en las decisiones tomadas en nuestro nombre, ni en las campañas municipales. Sin embargo, la metrópoli atraviesa una triple crisis: de identidad, de visión y de gobernanza.

Una crisis de identidad y de visión, ante todo

La metrópoli aún no ha encontrado su rostro. Nacido sin una voluntad política compartida, es producto de compromisos institucionales más que de un proyecto colectivo. En un territorio multipolar, donde el vínculo con las comunidades es legítimo, nunca ha sido posible construir una narrativa común. Lo que falta no es diversidad, sino asamblea. Pero ese es precisamente el papel de una metrópoli: conectar territorios, organizar complementariedades, transformar la pluralidad en un proyecto común: en transporte, planificación, desarrollo económico o transición ecológica. Sin una visión compartida, osciló durante diez años entre una centralización opaca y un borrado político. Al contrario, defendemos una metrópoli de proyectos, cooperativa, comprensible, al servicio de todos.