Las cifras son claras. En 2023, casi 9,8 millones de personas en Francia vivirán por debajo del umbral de pobreza, o el 15,4% de la población, un nivel que no se había visto desde hacía casi treinta años. Esta progresión es rápida: en un año alrededor de 650.000 personas más han caído en la pobreza. Aún más preocupante es el hecho de que hoy 2,3 millones de trabajadores son pobres, señal de que el empleo ya no protege sistemáticamente contra la precariedad.
Pero más allá de estos datos, se está imponiendo un fenómeno más insidioso: el de la degradación de las clases medias. Quienes ayer formaban la base de la estabilidad social, hoy sienten una situación cada vez más frágil. Existe una sensación cada vez mayor de que ya no se avanza, o incluso de que se retrocede, alimentada por las crecientes restricciones del gasto, el costo de la vivienda y el relativo estancamiento de los ingresos.
Al mismo tiempo, se impone con fuerza una realidad: el trabajo no siempre remunera lo suficiente. Cuando el empleo, considerado el principal vector de integración y emancipación, ya no garantiza condiciones de vida dignas, todo el pacto republicano se debilita. Esta situación afecta especialmente a los jóvenes, los trabajadores autónomos y los trabajadores precarios.
La cuestión social no puede reducirse a la mera gestión de las desigualdades más visibles. Hay que pensarlo como un todo, integrando transformaciones laborales, cambios en los ingresos, brechas territoriales y acceso a servicios esenciales. También hay que tener en cuenta otro fenómeno preocupante: la pobreza infantil, que hoy afecta a casi el 22% de los menores de 18 años, comprometiendo permanentemente las oportunidades de igualdad.
El Gran Oriente de Francia, fiel a su tradición humanista y republicana, cree que la cuestión social constituye hoy uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. A lo largo de su historia, ha contribuido a alimentar los grandes avances emancipadores de la República: educación pública, laicidad, derechos sociales, protección de los trabajadores, solidaridad nacional. Este legado nos obliga a no apartar la mirada de las fracturas contemporáneas.
Es hora de reafirmar que la República no puede conformarse con un modelo en el que las desigualdades crecen y en el que una parte cada vez mayor de la población se siente relegada. Las crecientes frustraciones sociales, cuando no se las escucha, alimentan el radicalismo y debilitan la cohesión nacional. Una sociedad democrática no puede construirse de manera sostenible sobre un sentimiento compartido de injusticia.
Por eso hoy parece esencial reexaminar la distribución de la riqueza. No se trata de oponer categorías sociales, sino de encontrar un equilibrio que permita a todos vivir dignamente del fruto de su trabajo. Es necesario plantear claramente la cuestión de una remuneración justa, de la valorización del trabajo, pero también de la solidaridad entre generaciones y entre territorios.
En este contexto, la República debe volver a ser un elemento de equilibrio, capaz de garantizar la justicia social preservando al mismo tiempo la cohesión del organismo nacional. Debe rechazar la lógica de la fragmentación y reafirmar la primacía del bien común.
También debe ser una fuerza humanista, que ponga la dignidad de la persona en el centro de su acción. Porque detrás de las estadísticas hay vidas, caminos, esperanzas a menudo decepcionadas, pero también una fuerte espera de reconocimiento y justicia.
Por último, debe ser una fuerza de resistencia, asumiendo plenamente su papel de protección contra los abusos económicos y sociales que debilitan a los más vulnerables.
Reconstruir el pacto social significa responder a esta necesidad. Significa reconocer que la cuestión social no pertenece al pasado, sino que constituye, hoy más que nunca, el corazón palpitante de nuestro futuro colectivo.