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El 26 de enero, la Asamblea Nacional aprobó en primera lectura el proyecto de ley destinado a prohibir el uso de redes sociales a menores de 15 años. Sin un control estricto de la edad o apoyo educativo, es probable que esta prohibición nacional siga siendo insuficiente.

Nosotros en Licra sabemos que esta lucha que venimos librando desde hace décadas contra el racismo, el antisemitismo y contra toda forma de discriminación no puede ni debe reducirse a denuncia, fiscalización o sanciones legales, que de otro modo son imprescindibles.

Con la sanción o prohibición surge la necesidad de educación o formación, ya sea en la escuela, en los centros de formación deportiva, en las instituciones de secundaria o superior, en las escuelas de negocios o en las empresas donde trabajan habitualmente nuestros voluntarios.

En 2024 se registraron más de 16.000 ataques racistas, xenófobos o antirreligiosos.

Este proteico espacio digital se está convirtiendo en uno de los principales lugares de intercambio y conocimiento pero también de invectivas o de odio. Más de cuatro de cada cinco jóvenes, de entre 11 y 17 años, utilizan cada día al menos una de las principales plataformas; El 44% accede a las redes sociales antes de los 13 años. Al mismo tiempo, en 2024 se registraron más de 16.000 ataques de carácter racista, xenófobo o antirreligioso. El odio no lo “fabrica” ​​una pantalla, sino que se amplifica exponencialmente.

Ahora es urgente definir herramientas adecuadas para proteger una democracia que esperamos siga siendo fuerte. La cuestión ya no es si una mayoría numérica es deseable, sino qué debería producir realmente. Los padres ahora lo expresan contundentemente: el 74% de ellos se declara a favor de prohibir las redes sociales antes de los 15 años.

En este contexto, la realización de una mayoría digital en 15 años no puede ser un logro. La cuestión decisiva es la de la emancipación digital. Proteger a los menores en línea significa permitirles adquirir progresivamente autonomía: deben poder comprender una situación, identificar un riesgo, ejercer una elección o movilizar un recurso.

El requisito de seguridad debe aplicarse dondequiera que interactúen los niños.

Francia ya tiene una base sólida en educación. Podemos citar el programa PHARE que estructura la prevención y la gestión del acoso o la educación mediática e informativa (EMI) que enseña a descifrar fuentes, imágenes e historias. Lo que falta es un camino continuo e identificable, especialmente en la escuela secundaria, en la edad de los primeros usos masivos.

Finalmente, cualquier política pública debe ir acompañada de una exigencia de evaluación. Una parte decisiva de la sociabilidad digital de los menores tiene lugar en los mundos de juego y en sus canales de intercambio, escritos o vocales, integrados en juegos o apoyados por servicios de terceros. Son espacios de amistad y cooperación; también son, con demasiada frecuencia, espacios para los insultos, el acoso, la depredación y la trivialización de contenidos que incitan al odio.

La necesidad de seguridad debe aplicarse dondequiera que interactúen los niños, con parámetros de protección efectivos, informes accesibles y moderación receptiva y rastreable. La visibilidad de los recursos de ayuda también debe ser inmediata, en particular el 3018, el número nacional dedicado a las víctimas de la violencia digital.

Pero nada se puede hacer sin una coalición que reúna a editores de juegos, asociaciones de protección de menores, autoridades independientes, investigadores y operadores de prevención. Los abanderados confiables reconocidos bajo la DSA también verán ampliada su misión en este mundo de los juegos.

La lucha universalista requiere que nuestras democracias basadas en la Ilustración no caigan en una pesadilla digital.

Para muchos adolescentes, la información o los términos del debate llegan a través de los creadores de contenido. Integrarlos plenamente en una política de seguridad significa reconocer lo obvio. Por tanto, las autoridades públicas deberán crear espacios de reflexión con estos creadores de contenidos.

En definitiva, si la mayoría digital de los 15 ha sido capaz de abrir un camino, es urgente implementar una política emancipadora que esté a la altura del desafío. Su eficacia dependerá de la coherencia general, desde las escuelas hasta las plataformas, desde los mundos de juego hasta los espacios creativos, y de la capacidad de medir lo que realmente funciona.

La lucha universalista requiere que nuestras democracias basadas en la Ilustración no caigan en una pesadilla digital. Tenemos una responsabilidad histórica hacia nuestros jóvenes, hacer todo lo posible para que nuestros espacios digitales no sean una promesa de explosión, desinformación o incitación al odio, sino el terreno de enormes oportunidades de intercambio y conocimiento.

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