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Hay una paradoja francesa de la que nunca hablamos lo suficiente: la que lleva a nuestro país a hacer del catastrofismo una forma de deporte de equipo, sin caer nunca en el precipicio que contempla con tanta complacencia. el periodista de Domingo en la Tribuna Nicolas Prissette y el politólogo Emmanuel Rivière, en un ensayo de bienvenida, trabajan metódicamente para demostrar lo que muchos intuyen sin atreverse a decirlo: Francia lo está haciendo menos mal de lo que cree y, sobre todo, infinitamente mejor de lo que dice su debate público.

La fórmula que constituye el título de la obra, tomada de Jean Giraudoux, nos recuerda que la catástrofe anunciada es ante todo producto de una atmósfera alimentada por una retórica del conflicto que acaba reemplazando a la realidad.

La Francia “archipelada”, para utilizar la famosa fórmula de Jérôme Fourquet para describir una supuesta fragmentación cultural y social de Francia, ha estructurado nuestra percepción del país durante años. Sin embargo, se trata en gran medida de una Francia fantaseada, sometida a una narrativa catastrofista que se alimenta de sí misma y acaba produciendo las fracturas que simplemente pretende describir.

Los dos autores, uno periodista y el otro politólogo y encuestador desde hace mucho tiempo, no niegan las tensiones reales. Por el contrario, su necesidad les lleva a medirlos, compararlos y contrastarlos con los datos disponibles. Y el resultado es sorprendente.

Francia, uno de los países más seguros de Europa

Eso La guerra civil no sucederá* demuestra, capítulo tras capítulo, sobre cada uno de los grandes temas presentados como divisivos -inmigración, Islam, precariedad, trabajo, escuela, juventud, territorios- que la brecha entre la vida cotidiana de los franceses y la representación político-mediática de esta experiencia es abismal. Francia es estadísticamente uno de los países más seguros y prósperos de Europa.

Los franceses, interrogados sobre su propia experiencia y no sobre la “situación” general, se revelan extraordinariamente solidarios, tolerantes, apegados al trabajo, a la República, preocupados por la igualdad y la justicia y, sobre todo, deseosos de vivir en buenas relaciones con sus vecinos. Los jóvenes comparten abrumadoramente los valores de sus padres. Los musulmanes de Francia no constituyen el bloque etnopolítico con el que fantasean los populistas y sus aliados mediáticos. Entre París y la provincia no hay divisiones antropológicas, sino diferencias banales que experimentan todas las democracias avanzadas.

Dos figuras, entre otras, resumen la tesis del libro. Según el barómetro de confianza Cevipof, el 83% de los franceses cree que debemos “permanecer unidos y afrontar los problemas juntos”. Y en la misma encuesta aparece esta pregunta: “¿Tiene usted la sensación de estar integrado en la sociedad?” La gran mayoría de los franceses responderá “sí” al 94% en 2024, una cifra que ha cambiado poco en diez años. Este dato no circula. No son noticia. Son demasiado poco dramáticos y demasiado poco compatibles con la narrativa dominante.

Sin embargo, dicen algo esencial: más que en otros lugares, Francia ha construido su imaginación colectiva en torno a lo universal y lo común, no en torno a identidades comunitarias fractales llamadas a coexistir en indiferencia mutua.

Un declive en gran medida imaginario

Este diagnóstico está en armonía con la tesis que he defendido. Nuevos tiempos**: Al exagerar una decadencia en gran medida imaginaria, al sumergirnos en un pasado idealizado para oscurecer mejor un presente aparentemente caótico, nos hemos privado de la capacidad de ver lo que, en la Francia contemporánea, perdura, innova, resiste. El declive no es un análisis: es un tropo, una postura y, a veces, una estrategia electoral.

Por lo tanto, este libro es mucho más que una refutación de los profetas de la fatalidad. Es un llamado a tomar en serio el mecanismo perverso mediante el cual nuestras democracias se sabotean a sí mismas al otorgar a las fuerzas más extremas el monopolio del diagnóstico.

Repitiendo sin cesar que Francia se está desgarrando, hacemos creíbles a quienes viven del miedo. A un año de las elecciones presidenciales que se decidirán en parte sobre estas cuestiones, ésta es una posición poco común y es por eso que este libro merece ser leído, discutido y, sobre todo, creído.

* No habrá guerra civil – Para acabar con la visión de un país desgarrado (Robert Laffont, 2026).

**Nuevos Tiempos – Acabar con la nostalgia por las Trente Glorieuses (Seuil, 2025).

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