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Entre las arenas de la costa del Mar Rojo y el polvo de los combates que se extienden desde Darfur hasta la región de Al-Jazeera, Sudán se está transformando gradualmente en un campo de competencia regional silenciosa.

Aquí se cruzan los intereses de diferentes potencias árabes y musulmanas, a menudo antagónicas, pero unidas por un objetivo común: el control del territorio sudanés y su posición estratégica.

Irónicamente, este juego de influencia implica hoy el apoyo al “Ejército de Port Sudan”, una institución militar que ha permitido el resurgimiento de la influencia de los Hermanos Musulmanes, más de cuatro años después de la caída del régimen de Omar al-Bashir.