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“Mujer, vida, libertad”. No descubrí este eslogan en 2022, después del asesinato de la joven kurda iraní Mahsa Amini, asesinada por la policía de los mulás porque llevaba el velo incorrectamente. Lo descubrí en 2019, en el noreste de Siria, durante mi inmersión en el interior de las Yekînen Parastina Gel (YPG), las “unidades de defensa de las mujeres”, junto con combatientes kurdos llamados Yapaja. A pocos meses de la caída de la organización Estado Islámico.

Durante semanas, en el verano de ese mismo año, compartí la vida cotidiana de estas mujeres que, junto con sus camaradas masculinos de las YPG, habían luchado contra Daesh. (Acrónimo árabe de la organización Estado Islámico) y mostró un heroísmo del que todos los medios occidentales, durante un tiempo, se habían hecho eco. ¡Qué agradecidos estábamos entonces con ellos por haber luchado paso a paso contra los terroristas islámicos que, desde Rakka, también nos habían golpeado en las mesas al aire libre de nuestros cafés! En ese momento encontramos a estas mujeres admirables y teníamos razón.

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No sólo habían luchado cuerpo a cuerpo contra nuestros enemigos, sino que estaban llevando a cabo, para el noreste de Siria, un proyecto social inspirado en valores y pensadores occidentales: democrático, laico, socialista, respetuoso de las minorías y, sobre todo, feminista. Así, el Partido Unión Democrática, del que son punta de lanza, logró implementar, en esta región socavada por un patriarcado tan brutal como implacable, medidas como la prohibición de la poligamia y de los matrimonios forzados de menores, pero también la posibilidad de que una mujer solicite el divorcio y herede.

“Mujer, vida, libertad”. Mis compañeros pronunciaban a menudo esta consigna. Con fuerza y ​​convicción. Resumía la lucha que libraban como kurdos, pero también como mujeres: una lucha para dejar de vivir bajo la opresión, ya fuera la de Bashar Al-Assad, Recep Tayyip Erdogan, Daesh o el patriarcado. Habían pagado un alto precio por el derecho a vivir libres, ya que muchos de ellos habían muerto en la lucha contra el califato de Abu Bakr Al-Baghdadi. En cuanto a los que sobrevivieron, regresaron tan dañados que con apenas 30 años parecían tener 40, o incluso 50. Sí, su libertad, la tenían más que merecida. Sin embargo, no se ganó nada: lo sabían. Sin duda tenían el presentimiento de que algún día los traicionaríamos. Pero no de una manera tan indigna…

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