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Durante las vacaciones de verano, uno de los juegos favoritos de mis hijos era contar las diferentes marcas de coches con los que nos cruzábamos por la calle. Es banal. Pero lo que realmente me llamó la atención fue que conocían perfectamente cada sigla, monograma, sello o escudo y sentían que podían apreciar su valor y estilo, mientras que nosotros, los padres, no tenemos vehículo a motor y pasamos el año en transporte público y en bicicleta por la ciudad. Al final del verano, mi hijo de 6 años me dio la muerte al indicar claramente su objetivo en la vida. “Cuando sea mayor tendré un quad, es lo que prefiero, es todo lo contrario a ti”dijo hilarantemente, mientras yo reía en el espejo retrovisor.

Más allá del poder de las marcas y los logotipos en el cerebro de nuestros hijos, me pregunté cómo nuestros hábitos de movilidad como adultos influyen en los suyos y qué opciones les dejamos en sus viajes diarios, mientras que el transporte representa un tercio de la huella de carbono de Francia, la mitad de la cual se debe al automóvil individual. Llamé a Mathieu Chassignet, especialista en la materia de la Agencia para la Transición Ecológica (Ademe). Coordinó un estudio reciente sobre la movilidad de los niños franceses, del que hasta ahora se sabe poco. “Sin embargo, se trata de casi 13 millones de personas que van cada día a la escuela, a la universidad o al instituto. Por tanto, su medio de transporte tiene importancia para el medio ambiente, la contaminación, pero también para la salud pública”.me explicó.

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