Para ellos, el curso de la historia cambió aquel desastroso 19 de septiembre de 1989 cuando un avión con 170 personas a bordo, 54 de ellos franceses, explotó sobre el desierto de Teneré. Casi veintisiete años después, el dolor y la ira de quienes estuvieron cerca del ataque al DC-10 de la UTA no han disminuido. Ese día “una desgracia indescriptible golpeó a nuestra familia”, recuerda Béatrice de Castelnau, cuya hermana Laurence, azafata y madre de dos niños pequeños que ya habían perdido a su padre, murió en la catástrofe. “Trueno”, resume esta digna mujer de cabello canoso.
“Durante mucho tiempo dije: mi padre murió. Está muerto, lo que significa que nunca volverá. Luego tuve que comprender y apropiarme del término ataque e integrar su violencia, comprender que había una intención”, susurra Mélanie Hoedt Klein, que tenía cuatro años cuando murió su padre Jean-Pierre, un actor “integro y valiente, que se opuso a la corrupción y sus estragos”, según su hermana Danièle.