Aunque el Festival despierta emociones, controversias y recuerdos colectivos, la verdadera dirección no está en el escenario de Ariston, sino en nuestras mentes. Cada canción escuchada, cada estribillo tarareado, cada aplauso en el tiempo activa una extraordinaria máquina biológica.
“La música es una de las actividades más complejas que el cerebro humano puede procesar”, explica el profesor Paolo Maria Rossini, director del Departamento de Neurociencia y Neurorrehabilitación del IRCCS San Raffaele en Roma, “implica simultáneamente las áreas del cerebro responsables de la audición, el lenguaje, el ritmo, la memoria, el movimiento y las emociones”.
Cuando escuchamos una canción, la corteza auditiva se ilumina. Cuando cantamos la letra se activan los circuitos ligados al lenguaje en el hemisferio izquierdo, cuando un coro nos excita entra en juego el sistema límbico, la unidad de control emocional. Si esta melodía nos transporta a un verano lejano, es el hipocampo, el centro de la memoria, el que se activa. Y si marcamos el ritmo con el pie o cantamos a todo pulmón, el cerebelo y las áreas motoras también funcionan.
“Se trata de una auténtica activación de red. Casi ninguna otra experiencia es capaz de sincronizar tantas funciones cerebrales al mismo tiempo”, subraya el neurólogo.
Por eso ciertas canciones quedan grabadas en nuestros circuitos nerviosos durante décadas. La música tiene acceso privilegiado a la memoria autobiográfica, puede reabrir cajones que parecían cerrados para siempre.
“Incluso en personas que padecen deterioro cognitivo o enfermedad de Alzheimer, las melodías aprendidas en la juventud a menudo se conservan sorprendentemente. Incluso en personas que han perdido el lenguaje después de un derrame cerebral, la capacidad de pronunciar la letra de una canción aprendida en el pasado reaparece de repente”, enfatiza el experto.
Esto no es sólo una sugerencia: es neurociencia. Estudios internacionales demuestran que la actividad musical, desde la escucha activa hasta el canto y la ejecución de un instrumento, contribuye a lo que se llama reserva cognitiva, esa riqueza de conexiones neuronales que puede ayudar al cerebro a compensar durante más tiempo cualquier proceso degenerativo.
“No es una cura para la demencia”, explica el neurólogo, “pero puede ayudar a mantener el cerebro activo, curioso y estimulado. Porque es una herramienta poderosa, accesible a todos, con un impacto emocional extraordinario. San Remo parece hablar de rankings. En realidad, se trata de memoria. La música hace algo que muy pocas experiencias logran hacer: entra sin pedir permiso y se queda”.
Esto no queda en la memoria oficial, sino en la memoria privada. En local cerrado. En verano, con una camiseta fina. Esta noche, el Festival rinde homenaje a una voz que recorre el tiempo italiano desde 1965. Esto no es nostalgia. Es una prueba para entender si todavía somos capaces de reconocer una melodía después de medio siglo. La respuesta, siempre, es sí.
La neurociencia lo expresa en términos técnicos. Pero la cuestión es más sencilla y vertiginosa, la música no sólo nos acompaña. Nos construye. “Les dejo una canción”, cantó. Es exactamente así. No dejas una canción atrás. Dejas una parte de ti en los demás.