Empecemos por Irlanda del Norte, rival de esta noche, el primero de los obstáculos a superar para conseguir el pasaporte al Mundial. Ocupa el puesto 69 en el ranking FIFA, solo ha participado en 3 Mundiales en su historia, en el grupo venció dos veces a Luxemburgo y una vez a Eslovaquia (en casa), con algunas ausencias excelentes (Bradley y Ballard). ¡No tiene la silueta de un espantapájaros nacional! Sigamos con la localización. Gattuso fue inteligente: eligió la región de Bérgamo, en parte por suerte (ganó su primer partido como entrenador), en parte porque el lleno garantizado es capaz de producir una fantástica actuación cómica ante los invitados. Una vez puestos todos estos datos en línea, es fácil centrar la atención en la selección nacional que a partir de esta tarde -sin la colaboración de los clubes y sin la complacencia de un calendario congestionado- debe intentar escalar de nuevo a la próxima Copa del Mundo después de haberse perdido dos. Aquí: esta es nuestra pesadilla colectiva. Son los fantasmas del Italia-Suecia en San Siro (le costaron a Ventura el banquillo y a Carlo Tavecchio la presidencia federal) y del Italia-Macedonia del Norte en Palermo (todos quedaron en su lugar gracias a la Eurocopa ganada el año anterior en Londres) los que hacen vibrar las horas de los Azzurri. El dato técnico favorece claramente a Italia, donde sólo hay que temer el deterioro físico de determinados jugadores del Inter y las dolencias de determinados defensores. El técnico sólo puede tomar notas en papel de seda sobre la citación: no dejó ni a Nesta ni a Pirlo en casa. Por tanto, el verdadero enemigo es el miedo. El miedo a no triunfar, el miedo a que puedan surgir ciertas complicaciones como en Palermo un tiro de 30 metros que sorprendió al único campeón de la empresa, Donnarumma.
Por eso quizás el único estímulo que Gravina, Buffon y Gattuso puedan dar en el vestuario sea solo uno, haciéndose eco de la poderosa invitación lanzada por Juan Pablo II: “No tengáis miedo de tener coraje”.