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Pero es casi exclusivamente en el aspecto formal donde la película consigue impresionar, gracias a fascinantes elecciones fotográficas y a una serie de secuencias aisladas: la escena del incendio, en primer lugar, pero también las coreografías de los numerosos bailes presentes a lo largo de la historia, realizados con evidente cuidado.

A pesar de un potente recurso estético, la película no consigue despertar la curiosidad que debería y acaba por hacer perder rápidamente la atención al espectador, debido a una longitud excesiva de la historia que quiere contar (unos 130 minutos) y a una serie de redundancias realmente evidentes.

“The Ann Lee Testament” y otras películas de la semana

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La falta de urgencia de la historia.

Cuando la película se presentó en competición en el último Festival de Cine de Venecia, Mona Fastvold la acompañó mostrando su emoción al profundizar en las profecías de Ann Lee: “No porque comparta su fe, sino porque reconozco en ella un deseo de justicia, trascendencia y gracia para todos. Su búsqueda radical de una utopía construida con sus propias manos es un signo del impulso creativo en el corazón de todos los esfuerzos artísticos: la necesidad urgente de remodelar el mundo.

Esta urgencia de la que habla el autor no se traduce, sin embargo, en una historia que corre el riesgo de ser lejos de ser universal: falta el aliento sociopolítico que, por el contrario, estaba presente en la anterior “El mundo por venir” y el encanto de la película permanece, por tanto, más en las intenciones que en la interpretación misma.

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