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JAon el lanzamiento de la ofensiva militar contra Irán, el sábado 28 de febrero, Donald Trump juega una partida de póquer y se sitúa definitivamente en la línea de los presidentes intervencionistas, yendo en contra de sus palabras y de su primer mandato, y en contra de las preferencias aislacionistas de su base electoral MAGA. (Hacer que Estados Unidos vuelva a ser grande). Al hacerlo, reabre la gran cuestión de las intervenciones militares externas que creíamos superada. ¿Por qué intervenir? ¿Cómo? ¿Y con qué resultados finales y, por tanto, en este caso, qué escenarios para Irán y para el mundo?

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En las últimas décadas, Estados Unidos ha intervenido militarmente por dos motivos: estratégico y humanitario. Algunas intervenciones tienen motivaciones exclusivamente estratégicas: es evitar la dominación (del dictador iraquí) Saddam Hussein en su región y castigar una flagrante violación del orden internacional –del que Estados Unidos es garante– que George Bush padre lanzó en 1991 con la Guerra del Golfo.

Las motivaciones humanitarias dominan otras intervenciones: al año siguiente, el presidente Bush intervino en Somalia para intentar salvar a la población civil hambrienta de la guerra civil. Finalmente, algunas intervenciones mezclan las dos razones: en Libia, en 2011, (el presidente americano), Barack Obama y sus aliados de Europa y del Golfo intervienen para impedir el baño de sangre que se prepara en Bengasi, donde Muammar Gaddafi intenta erradicar la oposición armada (motivo humanitario), pero también para eliminar un factor de inestabilidad regional durante la Primavera Árabe (motivo estratégico).

Resolver el problema nuclear

Donald Trump, por su parte, habló de la represión inhumana de los manifestantes iraníes, incitándolos incluso, en enero, a rebelarse contra el régimen y prometiéndoles ayuda. Pero si realmente aspira a un cambio de régimen en Teherán, es por una razón estratégica más que humanitaria: resolver la cuestión nuclear y la del apoyo iraní a sus aliados regionales (Hamas, Hezbolá, hutíes en Yemen, milicias chiítas en Irak), no transformar Irán en una democracia. Está lejos de ser un neoconservador al estilo del hijo de George Bush que, en 2003, pretendía “transformar” Medio Oriente y advirtió: “A largo plazo, la estabilidad no se puede lograr a expensas de la libertad”.

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