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El crudo e infame peracottaro que aún preside, esperemos que por poco tiempo, los destinos de la principal potencia occidental y la procesión de servidores necios y vergonzosos que lo acompañan, incluido el gobierno italiano, recientemente tuvo la audacia de declarar que pronto “Él tomará a Cuba”. Esta muestra de loca arrogancia constituye una prueba más de que Trump vive en un mundo propio y está afligido por una ilusión de omnipotencia, convencido de que la máquina de guerra que dirige le da derecho a saquear y maltratar a todos los Estados y a todos los pueblos. Un individuo así es obviamente muy peligroso para el género humano en su conjunto y si los pueblos, empezando por los Estados Unidos, que se rebelan cada vez con más fuerza contra su locura, no lo detienen lo antes posible, tarde o temprano caerá en la guerra nuclear global, cuyas acciones imprudentes, así como las de su íntimo socio, el criminal genocida Netanyahu, ellos ponen las bases.

Trump, pese a sus disparates arrogantes, buenos sólo para burlarse de un Meloni o de una Milei, es la expresión viva de la imparable y ruinosa decadencia de Estados Unidos.

Odia a Cuba, no sólo para complacer a su secretario de Estado rubio, descendiente de una de las familias de terratenientes subcoloniales que la revolución de Fidel y el Che envió al exilio hace más de sesenta y cinco años. Trump odia a Cuba porque Cuba es el símbolo vivo de una pelea victoriosaque dura más de sesenta y cinco años, por la dignidad y el orgullo nacional de un pueblo, palabras totalmente incomprensibles para personas como Meloni, La Russa, el chef del asador Delmastro Delle Vedove y otros, que a pesar de la ironía del destino y de una grotesca paradoja se definen como patriotas, siguen siendo llamados “soberanistas” de la extraña prensa dominante, y tomaron prestado su nombre del himno nacional compuesto por un joven patriota como Goffredo Mameli, que murió luchando en defensa de Roma y que seguramente se revolverá en su tumba por haber bautizado, aunque sea sin querer, a tales personas.

Cuba es el símbolo vivo de la lucha contra el imperialismo y el colonialismo. Fue gracias al ejército cubano que comenzó el fin del régimen racista del apartheid sudafricano, derrotado en la épica batalla de Cuito Canavale. Cuba es el símbolo vivo de solidaridad humanaproporcionada de hecho por miles de médicos cubanos en decenas y decenas de países, incluido el nuestro durante la era Covid y todavía hoy en Calabria.
Cuba es el símbolo vivo de la humanidad que el capitalismo al estilo Epstein, del que Trump es por diversos motivos uno de los mayores portavoces, quisiera eliminar, porque sólo ve en los seres humanos la posibilidad de explotación laboral o sexual, y si no los necesita, los masacra, como hace Netanyahu con los palestinos y ahora también con los libaneses.

Cuba es el símbolo vivo de una sociedad igualitaria que, a pesar de las limitaciones impuestas por un bloqueo económico que dura más de sesenta y cinco años y que Trump ha exacerbado transformándolo también en bloqueo militar, sigue constituyendo un modelo alternativo también para las clases oprimidas de Occidente, para esos millones y millones de estadounidenses privados de la posibilidad de satisfacer sus necesidades más básicas y por ello en realidad supone una amenaza no para la seguridad de Estados Unidos, sino para la supervivencia de un sistema inhumano basado en la opresión y la explotación.
Por todas estas razones, Trump odia a Cuba. Por todas estas razones, los pueblos verdaderamente libres, honestos y democráticos del planeta deben amarlo y apoyarlo.

Amenazando con reducir Caracas a Gaza, Trump secuestró al legítimo presidente venezolano Maduro y a su esposa y consiguió un cese temporal del suministro de petróleo venezolano a Cuba. Pero estos dos resultados se obtuvieron en violación del derecho internacional Maduro y Cilia deben ser liberados lo antes posible, al igual que deben reanudarse los suministros de petróleo venezolano a Cuba. De hecho, es inaceptable que la ley de la selva rija las relaciones entre los Estados porque es el punto muerto que conduce a la guerra mundial y al fin de la humanidad.

Por lo tanto, debemos fortalecer y ampliar la campaña de solidaridad con Cuba con iniciativas como Flotilla Nuestramérica que llegó a la isla el pasado 21 de marzo. Tanto es así que la iniciativa de la sociedad civil es apoyada por la de los Estados, con México, Rusia y China a la cabeza, que no pretenden someterse a los odiosos chantajes e imposiciones del pequeño autoproclamado dictador del planeta.

Una manifestación nacional sobre estos temas tendrá lugar en Roma, el próximo sábado 11 de abril, en la que debemos participar masivamente para gritar a Trump, a Rubio y a sus servidores locales: ¡no toquéis a Cuba, patrimonio indispensable de la humanidad que lucha por un mundo mejor!

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