Entre los iraníes entrevistados, las reacciones oscilan entre la preocupación, la ira y la resignación. Instalado en Francia después de sus estudios, Esfandiyar, de 27 años, que ahora trabaja en finanzas, dijo que al principio se sorprendió por este nombramiento, con su simbolismo “extraño”: “La elección del líder nunca debería haber sido hereditaria. Al poner a su hijo en el poder, el gobierno iraní quiere demostrar que nunca parará”, considera el joven.