Foto de : Il Tempo
Daniele Capezzone
Quien escribe estas líneas es un viejo laico, un liberal clásico. Y sin embargo (iba a decir: aún más) encuentro profético este discurso de Joseph Ratzinger, que Il Tempo todavía les presenta hoy. Este es un texto de hace casi 47 años, de 1979, y sin embargo –por su increíble claridad y relevancia– parece escrito ayer. Descubrirá también una referencia a Irán, entonces en preocupante transición hacia la teocracia islámica mixta del ayatolá Jomeini. Hemos elegido volver a publicar esta homilía – no por casualidad – no en las páginas de cultura, en definitiva como si fuera un “hallazgo” útil para discusiones y especulaciones alejadas de la política y del desafío del hacer. Al contrario: quitemos este documento de la portada porque expresa claramente la tensión intelectual, el nivel de ambición, la profundidad de visión que sería necesaria para afrontar los desafíos de nuestro tiempo.
Con demasiada frecuencia, la política y los medios de comunicación se han cansado del “presentismo”: todo se reduce al día a día, o más bien al minuto. Y por el contrario, en este gran discurso se explica cómo la fe y la razón pueden encontrar su propio camino no sólo para coexistir, sino incluso para apoyarse mutuamente; cómo la Iglesia y el Estado deben permanecer muy separados (una advertencia muy útil contra los vicios de ciertos clérigos y ciertos laicos); y cómo Europa se encontró ayer y hoy en una crisis existencial que muchos eurolíricos creían que podían resolver presionando sin sentido el pedal de la integración, del superestado, de la obsesión regulatoria y dirigista. Donde – por el contrario – se trataba y se trata todavía de buscar el significado más profundo de las cosas: sólo a partir de ahí podemos generar respuestas también para el presente. Cuantas más cosas hay, menos cosas hay: la dimensión de las ideas también puede proporcionarnos soluciones concretas a problemas contingentes.
Y luego volvemos a nosotros mismos y al cansancio de nuestros días. Donald Trump también será un tipo especial: a veces nos hace felices, a veces nos hace desesperar. Pero es simplemente ridículo que varias capitales europeas se comporten como si París (u otros) fueran a la guerra con Washington. Todos patéticos, tontos y perdedores. En Groenlandia, la solución estaría a nuestro alcance, si la quisiéramos: un consorcio entre estadounidenses y europeos para la gestión de los recursos naturales. En cuanto a Oriente Medio (y todas las demás crisis), el hecho de que Trump, aunque confusamente, ya no crea en el catafalco de la ONU y busque nuevos formatos, debe ser recibido con atención y sin prejuicios, y no con exorcismos y gritos de indignación. Giorgia Meloni es la única líder europea que avanza con inteligencia y visión, a pesar de mil obstáculos y dificultades: intentando reducir las distancias entre los protagonistas de la Alianza Atlántica, en lugar de ampliarlas. Merece todo el apoyo en este esfuerzo.