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El lanzamiento de la ofensiva estadounidense-israelí contra Irán, que comenzó el sábado 28 de febrero, ha hecho surgir el espectro de una nueva crisis petrolera. Pero lo que parece estar a punto de provocar el incendio en el Golfo Pérsico es ante todo un shock de gas.

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El lunes 2 de marzo, la empresa estatal de Qatar, QatarEnergy, anunció que detendría la producción en su sitio de Ras Laffan, la planta de licuefacción de gas más grande del mundo. El complejo, que normalmente libera 77 millones de toneladas de gas natural licuado (GNL) al año, acababa de sufrir ataques con drones llevados a cabo por Teherán.

En los mercados la sanción fue inmediata. El contrato de futuros holandés TTF, considerado de referencia europeo, subió más de un 50% hasta alcanzar los 47,70 euros el megavatio hora (MWh). Un recordatorio de que la región no es sólo un centro de oro negro. Su peso también es notable en la producción y comercio de gas.

Todas las exportaciones de GNL de Qatar y los Emiratos Árabes Unidos –aproximadamente el 20% del comercio mundial del recurso transportado por buques de GNL– pasan todos los días por el Estrecho de Ormuz, una estrecha vía fluvial que limita con Irán y el Sultanato de Omán y conecta los países del Golfo con el Océano Índico. La confusión que reina en el estrecho, donde la inseguridad provoca una virtual paralización del tráfico, alimenta el entusiasmo de los operadores. “El mercado del gas es más estrecho que el mercado del petróleo, lo que lo hace más sensible a los shocks de oferta”subrayan los analistas de Oxford Economics.

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