Es una agradable sorpresa sobre todo para aquellos que están del lado de los eternos perdedores, los segundos que, por una vez, consiguen ser primeros. Como si una pequeña nube negra los acompañara impidiéndoles alcanzar las metas que se merecen.
Pero esta vez, en las calles de la 123ª París-Roubaix, la nube de Fantozzi ha liberado finalmente de sus cadenas al belga Wout Van Aert, permitiéndole realizar un doble sueño: ganar la carrera que más ama, superando al Campeón del Mundo Tadej Pogacar, el nuevo Caníbal del ciclismo mundial, por una vez menos marciano de lo habitual.
Llegando juntos tras una escapada de más de 50 kilómetros al Vélodrome de Roubaix, Van Aert le quemó trescientos metros con un sprint perfecto. Frío y seco. De los que no dejan escapatoria. Y de hecho, el esloveno, que llegó quizás más relajado, no supo reaccionar. Y pensar que le importaba esta Roubaix: al ganarla habría completado un círculo mágico, el de quien ha conquistado todos los monumentos clásicos. Un club de élite que sólo habla flamenco (Van Loy, Merckx y De Vlaeminck) en el que Pogacar quería integrarse con todas sus fuerzas. Esta es la segunda vez consecutiva que el esloveno termina segundo en la carrera de piedra. Tendrá tiempo para ponerse al día, pero mientras tanto debe darse cuenta de que siempre es posible ganar. No habían sido derrotados desde el Mundial de Ruanda 2025.
Se pensaba que Mathieu Van der Poel, el holandés errante, ganador de las tres últimas Roubaix, era quien le ponía radios a las ruedas. Sin embargo, el holandés no tuvo suerte. Esta vez, la nube de Fantozzi aterrizó junto a él, en pleno bosque de Aremberg, uno de los puntos decisivos de la carrera de piedra, a unos 90 kilómetros de la meta. De hecho, Van der Poel sufrió dos pinchazos y perdió más de dos minutos debido a un cambio de bicicleta complicado que luego lo obligó a una persecución frenética. Una persecución formidable pero costosa que le llevó hasta 19 segundos por detrás de Pogacar y Van Aert. Pero en ese momento las fugas dieron un nuevo impulso y para el holandés, que entonces ocupaba el cuarto puesto, ya no había nada más que hacer. Nuestro Filippo Ganna también tuvo mala suerte, penalizado también por una combinación de pinchazos y caídas que le hicieron perder el grupo de fugados.
La verdadera sorpresa, sin embargo, vino de la mano de Van Aert, de 31 años, un gran talento que no se ha realizado parcialmente debido a una combinación de episodios negativos que han empañado su larga carrera y que también corren el riesgo de alejarlo de las carreras. Especialista en ciclocross (ganó tres títulos mundiales consecutivos), dotado también de sprints grupales, el belga destacó en las contrarreloj y (a pesar de su potente tamaño) también en las etapas de montaña de las Grandes Vueltas, con diez sellos en el Tour, tres en la Vuelta y uno en el Giro de Italia.