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Un silencio sospechoso cayó sobre el juicio en el Vaticano Rúpnik. Sin embargo, sólo han pasado unos meses desde que, el 7 de noviembre de 2025, el Papa León quiso tranquilizar personalmente a la opinión pública mundial y a las víctimas del ex jesuita acusado de haber agredido sexual y psicológicamente a una treintena de mujeres. El Pontífice salió al campo anunciando que el nuevo proceso canónico finalmente había sido “lanzado y nombrados los jueces” y que hacía falta paciencia. Unos días después, el abogado de cinco de las víctimas (las que fueron las primeras en dar a conocer al mundo estos crueles y gravísimos episodios) envió un correo electrónico a los responsables del Dicasterio de la Fe para obtener del Cardenal Fernández y de Mons. Kennedy la información técnica y procesal necesaria para comprender el procedimiento a seguir. “Tener un mínimo de claridad en el procedimiento, con respeto y en interés de todos”.

La carta firmada por la abogada Laura Sgrò hacía referencia a las palabras pronunciadas a principios de 2025 por el cardenal Fernández, sobre el hecho de que el Vaticano finalmente había logrado identificar a los miembros del Colegio encargados de juzgar uno de los casos más candentes, horribles y espinosos de las últimas décadas. Una historia que ve a un artista influyente y conocido, el padre Rupnik, acusado de repetidos abusos en el banquillo. Hasta ahora, parece que siempre ha logrado escapar de la red de la justicia canónica gracias a sus poderosas amistades, sus vínculos con importantes cardenales e incluso con dos pontífices, san Juan Pablo II y el papa Francisco. Este último, que guardaba uno de sus cuadros en su habitación, habría cancelado personalmente la excomunión del Dicasterio de la Fe en 2020.

Un evento que generó muchas preguntas, destacando la falta de transparencia.

Al ver que pasaba el tiempo sin noticias, el abogado intentó varias veces obtener respuestas del Dicasterio Vaticano, pero siempre sin resultado. “He pedido información varias veces al Dicasterio de la Fe. “Nunca nadie nos ha dado noticias oficiales de nada. Las víctimas ya llevan muchos años pagando un precio muy alto que, en lugar de disminuir, sigue creciendo. Y esto no sólo es intolerable, sino también contrario a todos los principios jurídicos. Porque es cierto que haya un juicio justo donde se garanticen todos los derechos, en primer lugar el principio de inocencia y la defensa de Don Marko Rupnik, pero también es cierto que hay un momento en que todo esto debe ocurrir, durante un debido proceso y donde las víctimas pueden luego volver al olvido. Todo esto lamentablemente, y lo digo con inmenso pesar.

Una vez más, el modus operandi del Vaticano en materia de justicia parece caracterizado por la falta de transparencia, como siempre han subrayado en los últimos años las asociaciones que luchan por la defensa de las víctimas de abusos sexuales. Al otro lado del Tíber, hablar del asunto Rupnik provoca siempre la misma reacción: vergüenza y enfado. La poca información sobre el jurado la proporcionó el cardenal Fernández el año pasado, diciendo sólo que estaba formado por mujeres y religiosos pero sin especificar sus nombres, sus respectivas competencias, su currículum o su nacionalidad. Mientras tanto, el telón ha caído sobre el asunto, con el debido respeto a las víctimas.

Mientras tanto, en paralelo, continúa la feroz lucha dentro de la Iglesia sobre el futuro de las obras de Rupnik presentes en santuarios, iglesias y basílicas. Muchos obispos se preguntan si desmantelarlos o mantenerlos en los lugares de culto más prestigiosos del mundo. En Lourdes, el obispo ya optó por ocultar los grandes mosaicos porque, explicó, sólo aumentaban la angustia de las víctimas de abusos que acudían al santuario para encontrar la paz y reconciliarse con la Iglesia. Pero en Roma, donde curiosamente Rupnik sigue gozando de especial buena voluntad, nadie quiere hablar de la obra. Hasta tal punto que nadie en el Vicariato ha planteado jamás el problema de la costosísima capilla construida en tiempos del cardenal Angelo De Donatis, actual penitenciario (y gran protector del presunto agresor). El Papa León quiso dar un mensaje durante los ejercicios espirituales de la curia, evitando realizar los ejercicios en la capilla del palacio apostólico que contiene los mosaicos construidos en tiempos de Juan Pablo II. En lugar de escuchar sermones en la Capilla Redemptoris Mater, eligió la Capilla Paulina. Sin embargo, el Vaticano nunca quiso explicar el motivo de esta elección. La opacidad reina suprema, como siempre.

El año pasado, la Compañía de Jesús, en la persona del Delegado General, el padre Johan Verschueren, fue protagonista de un auténtico mea culpa. Había pedido perdón a las víctimas para iniciar con ellas un camino de reparación, “orientado a curar las heridas” causadas “por las acciones de Marko Rupnik”. Los jesuitas le habían ofrecido a Marko Rupnik la oportunidad de asumir públicamente la responsabilidad de sus acciones, arrepentirse, pedir perdón y comenzar una terapia. Tras su obstinada negativa a someterse a esta eventualidad, el Padre General tomó la decisión de despedirlo.

Hasta ahora se han denunciado una treintena de casos de monjas maltratadas, a partir de los años 1980. El Padre Arturo Sosa, Superior General de la Compañía de Jesús, informó: “Pedimos perdón por nuestra ceguera. No la hemos visto, es verdad. ¿De dónde viene esta ceguera? Por no haber recogido las señales que estaban allí. Además, en el pasado, no era fácil presentar una denuncia de este tipo. Y no teníamos la sensibilidad para ver lo que pasaba”.

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