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En el corazón del Pacífico, estatuas a veces de nueve metros de altura, con rostros helados, son las guardianas de la famosa Isla de Pascua. Estos gigantes, llamados moai, han fascinado a la gente durante siglos. Talladas entre los siglos XIII y XVII, a veces pesan varias toneladas, pero sus creadores no tenían ni rueda ni máquina para moverlas. Entonces, ¿cómo lograron los habitantes de Rapa Nui esta hazaña?

Un nuevo estudio realizado por los arqueólogos estadounidenses Carl Lipo y Terry Hunt reaviva el debate. Después de más de veinte años de analizar las calles, la población, los moai abandonados a los lados de las carreteras y realizar pruebas a tamaño real, se llegó a una conclusión audaz: las estatuas habrían sido colocadas en posición vertical, “caminando”. Gracias a una base ligeramente redondeada e inclinada, el moai podía avanzar con un simple movimiento oscilante, tirado por cuerdas a cada lado.

Marca la ruta al volcán

Pero esta hipótesis no convence a todos. El arqueólogo belga Nicolas Cauwe, especialista en Isla de Pascua, cuestiona el método y el postulado inicial. Según él, las estatuas encontradas a lo largo de los senderos no están “abandonadas”: habrían sido colocadas allí intencionalmente para marcar el camino hacia el volcán sagrado Rano Raraku, donde fueron esculpidas, que con el tiempo se convirtió en un lugar de culto.

Casi tres siglos después de su descubrimiento, los moai siguen dividiendo a los arqueólogos y alimentando uno de los mayores misterios del Pacífico.

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