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El fiscal general del Piamonte está revolucionando el mundo radical chic. Lucía Musti elige la inauguración del año judicial. Se trata de una bofetada dirigida a la “clase alta”. El que, según el fiscal, tolera los “lugares” que son “utilizados como instrumento de lucha”. El día que Turín es quemada por los antagonistas, una mujer de Justicia canta para la “zona gris culta y burguesa”, como ella la define, que hace cosquillas en la lucha contra el Estado de los “profesionales de la violencia”. Es una parte de la sociedad – afirma – que tendría una tarea completamente diferente. Y se trata de “realizar una acción informada de disuasión y respeto a las reglas democráticas”. Pero está haciendo algo más, algo más grave que la inacción. Turín pagará las consecuencias, tras verse obligada desde hace algún tiempo a “limitar su libertad de circulación y de vida”. Una ciudad “blindada”, mantenida en “misión de control por unos pocos alborotadores violentos”. Este es el resultado del abrazo entre centros sociales, pro Pals, anarquistas, maximalistas y otros.

Ya el año pasado Musti generó conciencia. En esta ocasión, Turín fue definida como la “capital de la subversión callejera”. Pero a partir de hoy la flecha de la responsabilidad apunta también en dirección a los salones de caviar de izquierdas. Las raíces del fenómeno se encuentran en la acción nada pasiva de los “malos profesores”, que a menudo son “maestros”. Los menores, Maranza o no, se ven influenciados por la vida en la calle pero también en la escuela. Así, las “periferias geográficas” corren el riesgo de convertirse en “periferias del alma”. También hay algo para las familias. Quienes “deberían dialogar con las instituciones”. “Al contrario – insiste Musti – vemos a padres descontentos con la intervención de las autoridades judiciales”. Familias que se convierten así en “modelos negativos para sus hijos”. Pero el fiscal general no es una voz solitaria. Paola Mastrocola, escritora y profesora de Turín, levanta el velo sobre la hipocresía de la intelectualidad de izquierda en una entrevista con La Stampa. “Me temo que buscamos una confrontación”, afirma. Palabras correctas, teniendo también en cuenta el día. E incluso verse obligado a bajar las persianas, como han tenido que hacer muchos comerciantes, es una forma de “violencia”, señala. El resultado de este entrelazamiento social es, afirma el intelectual que también ganó un “Super Campiello”, “un gran miedo”. Cuando la procesión finaliza en Corso Novara, el grupo Telegram que organiza la procesión habla de un “día increíble” de celebración. Las frases de Musti y las reflexiones de Mastrocola obligan a las personas sensatas a hacer un examen de conciencia. Para quienes creen en la educación política, la devastada Turín debería ser un escenario horrible, una mala noticia.

Las palabras del Fiscal General, sin embargo, sugieren lo contrario: mientras los contenedores de basura arden, en la capital piamontesa, hay alguien que se alegra, quizás entre paredes protegidas del calor, en los pisos superiores del “pozo de Turín”.

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