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Cultura, educación, justicia, información, ciencia… Syndeac, el sindicato nacional de empresas artísticas y culturales, ha organizado una serie de debates en 2025 para resaltar el papel y la importancia de los servicios públicos en la sociedad. Una mirada retrospectiva a algunos momentos clave.

Artículo publicado con motivo del debate “Cultura y renovación urbana” el 13 de octubre en Valenciennes.

La cultura y la renovación urbana no son dos campos separados; son parte del mismo desafío: hacer el mundo más habitable. Uno actúa sobre la dureza de las paredes, el otro sobre la imaginación y las formas de hacer las cosas. Juntos, pueden devolver carne a la ciudad y poder a sus habitantes.

Con demasiada frecuencia la renovación urbana se ha reducido a un mecanismo de demolición-reconstrucción. Los bares caen, los edificios se levantan, pero la vida a menudo lucha por encontrar un lugar allí. Pero, al igual que la cultura, la renovación urbana debería apuntar ante todo a esto: la habitabilidad del mundo, la posibilidad de “hacer humanidad” a escala de una calle, un barrio, una ciudad.

La cultura, vista como un tejido de producciones y relaciones que nos unen a los demás y al mundo, resalta significativamente el significado y los puntos en común. La renovación urbana, en esencia, debe perseguir el mismo horizonte: producir espacios públicos habitables, animados y vibrantes, propicios para el desarrollo de relaciones resonantes. Sin embargo, con demasiada frecuencia ha permanecido aislado de la dinámica cultural de los barrios, de los residentes, de los artistas y de su deseo de actuar. Es hora de reparar los hilos espaciales y sociales.

Anru 3 (Agencia Nacional de Renovación Urbana, ed.) necesitamos inventar nuevas “construcciones” para “mezclar tiempos y presencias”, “bordar territorios poéticos”, “construir terceros paisajes”… Los muros no bastan para hacer una ciudad; también debemos incluir costumbres, gestos, historias, apoyar nuestro apego a los vivos, cuidar la dignidad, fomentar la solidaridad. Ha llegado el momento de presentar el informe Bacqué-Mechmache, de atrevernos a una renovación urbana que sea también una renovación democrática.

Los artistas tienen su lugar en esta aventura, siempre y cuando no sean los decoradores al final del proyecto, que no se les pida que vengan a poner cerezas en el pastel urbano, sino que ayuden a ponerlas en el pastel. Lo que llamo la “estrategia clafoutis”: mezclar la creación en la mezcla misma del proyecto, aguas arriba, en investigaciones sensibles diseñadas para integrar diagnósticos tradicionales, en procesos de codiseño de espacios públicos más sabrosos y de espacios habitables más generosos. Su mirada poética, crítica y política puede convertirse en una palanca de “empoderamiento” colectivo, especialmente cuando se ejerce en el arte compartido. Contribuye así a crear una democracia más colaborativa y hospitalaria.

Esto es todo lo que nosotros, actores del urbanismo cultural y constructores de ciudades más relacionales, aportamos, en particular luchando por la integración de una “cláusula cultural” en los pliegos de condiciones de las consultas urbanas, de modo que el 20% de los locales para actividades económicas y comerciales se alquilen a expensas de los actores culturales, de la economía social y solidaria y de la transición medioambiental, o por el desarrollo de contratos de resonancia…

Es haciendo que los actores culturales, artísticos y sociales sean socios plenos en la creación de territorios que la renovación urbana redescubrirá su promesa: no sólo reconstruir o reparar barrios, sino hacer posible que la gente quiera quedarse allí, contribuir a la invención de bienes comunes deseables y simplemente vivir mejor allí.

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