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Myriam Sylla es la protagonista de este 2025. Porque cuando su perfección se despegó, supo repararla. Porque a sus 30 años no sólo ganó el Mundial de Voleibol jugando 10 sets de 10, contra Brasil y Turquía, durante los dos partidos decisivos que dieron el oro a las italianas. No sólo porque anotó el último punto, sino porque esta temporada demostró que podemos seguir creciendo y mejorando. Y que cada tormenta sea tratada como si fuera un charco. Cuando llegan tiempos difíciles y las cosas no van bien hay que resistir y volver a jugar. Experimentó el malestar de haberse perdido el último punto del Mundial 2018, donde ni siquiera quería ir por la enfermedad de su madre y estaba muy enojada por no poder regresar con el oro al cuello. Experimentó dolor (luego su madre la perdió), se levantó, encontró energía y finalmente cerró el círculo.

Lo ganó todo: Campeonatos de Europa, Copas del Mundo y Juegos Olímpicos, recogiendo lo que le faltaba y añadiendo también una mejor capacidad de recepción a su repertorio. Cuando no estás contento con quién eres, no te entregas a los halagos, sino que vuelves al gimnasio a trabajar. Ahora está en Türkiye (en Galatasaray) para vivir una nueva experiencia de vida y juego.

Myriam Fatime Sylla nació en Palermo el 8 de enero de 1995 de padres marfileños y se mudó a Lombardía cuando era niña. Rol: atacante. Características: potencia en ataque, gran elevación, fiable en defensa. Juega en un equipo nacional con muchas niñas cuyos padres no son de ascendencia italiana, un equipo considerado un ejemplo de multietnicidad. Cuando se le señala esto, se pregunta por qué no se hace la pregunta a quienes no tienen padres de diferente origen. Quizás sería más correcto y todos aprenderíamos a pensar diferente. En el último Mundial, el premio a la Mejor Jugadora (MVP) lo ganó Alessia Orro, quien es su mejor amiga, pero para muchos ella también se lo merecía, porque era el alma del equipo, la líder, la fuerza silenciosa, la que arrastraba sin ser arrastrada jamás. Myriam sigue ahí. Su energía conecta perfectamente con sus compañeras, está ahí incluso cuando está sentada en el banquillo. Lo sientes, lo buscas, sabes que lo encontrarás. Para todos es Miri, Sylla. Fatime, en cambio, es como la llama su familia y está estrictamente reservada para ellos. Julio Velasco fue mágico para ella: la ayudó a superar momentos difíciles, enseñándole a concentrarse en el presente en lugar de en los errores del pasado. También confió en el entrenador cuando nombró capitana a Anna Danesi en su lugar. Y en París, en el podio, intercambió la medalla de oro con Anna, demostrando que los amigos brillantes también existen en el deporte.

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