A cien días del Mundial de Canadá, México y Estados Unidos, a veinte días de la final entre Argentina y España en Qatar. Un mes en el Gran Premio de F1 de Bahréin. Se posponen los partidos de la Euroliga de baloncesto entre equipos de Israel y Dubai. Fechas sensibles, el deporte ha dejado de vivir en la isla de los privilegios, ante la guerra ya no podemos fingir con la retórica de la paz, las muertes, los misiles, las bombas, dejar de lado los desafíos, el calendario de competiciones, las predicciones.
Sobre todo en el Mundial de fútbol, Irán podría abandonar o verse obligado a participar, la selección nacional está inscrita en el grupo con Bélgica, Egipto y Nueva Zelanda, debería jugar en Los Ángeles y Seattle, obviamente sin aficionados a los que se les negarán los visados y en un entorno ciertamente formidable no sólo para el mundo del fútbol. México acoge parte del torneo pero el país está sitiado y la seguridad no está garantizada, al igual que los demás partidos programados en Estados Unidos. Gianni Infantino está llamado a una prueba de coraje político, para decidir si posponer un año el acontecimiento mundial (con el Covid, el deporte se había detenido) o afrontar no sólo las polémicas, ya acaloradas en el norte de Europa, sino el peligro de actos terroristas, una repetición de Munich 72. Su descarada propaganda, el premio de la paz concedido a Donald Trump, su misma participación en el Consejo de la Paz lo han expuesto definitivamente, no puede escapar a una conciencia y a una responsabilidad. El partido entre Argentina y España, previsto para el 27 de marzo en Doha, será trasladado a Londres o Miami, las bases estadounidenses en Bahrein fueron atacadas por los iraníes y el GP de F1 previsto para el fin de semana del 10 al 12 de abril corre alto riesgo.
Esta vez, el mundo del deporte no puede hacer la vista gorda, ya no es tiempo de espectáculos, la seguridad de los deportistas y de los representantes no puede beneficiarse de ninguna protección particular. La guerra debe suspender los juegos. La vida es más importante que una meta.