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Hay seres cuya presencia va más allá del círculo íntimo de quienes los aman. Seres que a través de su pensamiento, su visión del mundo y su humanidad dejan una huella imborrable en la vida de los demás. Edgar fue uno de ellos. No era sólo un marido, un amigo o un compañero de viaje, era una voz que hablaba a toda la humanidad.

Su humanismo, su sabiduría y su amor por las personas trascendieron fronteras y corazones. Pero para mí seguirá siendo, sobre todo, el hombre con el que compartí diecisiete años de vida, trabajo, viajes, proyectos y esperanza. El hombre alegre, tierno y profundamente amoroso, incapaz de ser duro con nadie.

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Aquel cuya presencia daba a los días una intensidad particular y con quien pasé los mejores años de mi existencia. Con el tiempo, habíamos construido este vínculo poco común que solo conocen aquellos que realmente han avanzado juntos en la vida. Durante los últimos cinco años, el tiempo había comenzado su trabajo silencioso. Su cuerpo se fue debilitando gradualmente, pero su mente permaneció libre, brillante y enfocada en el futuro.

Cuando las pruebas se hicieron más difíciles, él me miró con esa confianza absoluta que nos unía y dijo: “Sabah cariño, ¿me estás salvando otra vez?» Entonces luché por él con toda la energía que da el amor cuando se vuelve parte de uno mismo. Lo acompañé incansablemente, transportada por la obstinada esperanza de tenerlo aún conmigo.

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