Los decretos de la ley de seguridad se repiten ahora cada año y la única seguridad que brindan es la conciencia de que habrá al menos algunas disposiciones fuera del perímetro constitucional.
Esta desalentadora búsqueda del tesoro es particularmente fácil para el “decreto de seguridad de 2026”, gracias al último “golpe” regulatorio de la mayoría. Arte. El artículo 30 bis del decreto-ley, ya aprobado por el Senado y que, antes del 25 de abril (el diablo del calendario parece divertirse con los cumpleaños), debe ser transformado definitivamente por la Cámara bajo pena de caducidad, prevé una disposición que deja literalmente desconcertado, como escribe la Asociación Nacional de la Magistratura.
Se establece que si un migrante acepta la repatriación y efectivamente es deportado, su abogado, acompañado de un abogado debidamente designado, puede recibir el equivalente monetario de lo que el Estado le habría dado legalmente a su cliente para los gastos iniciales.
Semejante predicción, incluso antes de chocar frontalmente con más de un principio constitucional, constituye un auténtico escándalo cultural. El papel del defensor, en cualquier sistema que pretenda ser civil, incluso antes que democrático, se caracteriza por una regla intangible: el abogado actúa única y exclusivamente en interés del cliente, tratando de obtener, respetando las reglas de fondo y de procedimiento, el mejor resultado desde el punto de vista de éste. El profesional no debe tener ningún otro objetivo y no puede asumir roles que entren en conflicto con este objetivo hasta el punto de correr el riesgo de cometer el delito de favoritismo infiel.
La enmienda aprobada por el Senado parece ser una excusa para un favoritismo infiel, como inmediatamente señaló la Unión de Salas Penales. Pero, más allá del (feliz) chiste, el legislador demuestra con este precepto que ignora, o quiere agitar hasta el arresto, el corazón de la función defensiva. Con la propuesta de remunerar al abogado con el dinero que se le debería a su cliente, el Estado intenta, incluso de manera vulgar, intervenir en la relación profesional de confianza, atrayendo al abogado con la promesa de una remuneración si el cliente se comporta de acuerdo con los intereses de la mayoría política actual.