Cuando pienso en Antonio Martino, la primera imagen que me viene a la mente no es la del ministro, ni la del famoso economista de las universidades americanas, ni la del orador que, en el congreso liberal de 1988, hizo temblar a la audiencia con un discurso que, aún hoy, debería ser reimpreso y difundido en las escuelas políticas. Pienso en un profesor con chaleco, con un Seiko en la muñeca en lugar de un Cartier, una espléndida corbata de regimiento y una ironía capaz de desmantelar todo el aparato retórico del estatismo italiano en tres chistes.
Quien lea Simply Liberal, que acaba de publicar Liberilibri en una nueva edición, descubrirá el verdadero corazón del profesor: sus ideas. Porque Martino era así. Incluso podría bromear sobre los detalles, incluso podría admitir algo. Por principios, nunca. Y esta colección no es sólo una antología de escritos: es el mapa coherente de una vida intelectual que nunca ha hecho concesiones al conformismo.
Conocí a Martino cuando apenas era un niño. No fue mi maestro, pero llegó a serlo en el pleno sentido de la palabra. En sus clases hablaba del mercado, de la libertad individual, del Estado mínimo, mientras quienes lo rodeaban enseñaban que el Estado tenía que corregirlo todo, redistribuirlo todo, planificarlo todo. Martino, en cambio, partió de un postulado tan simple como revolucionario en nuestro país: el Estado no es el motor de la prosperidad, es como mucho un árbitro, y muchas veces ni siquiera imparcial.
Por eso, hoy más que nunca, sus ideas sobre Europa son fundamentales. Muchos le han tildado de euroescéptico, pero eso es una simplificación. Hijo de Gaetano Martino, uno de los padres de la integración europea, conocía bien la diferencia entre cooperación y centralismo. No temía a la Europa de los mercados abiertos, temía a la Europa de las regulaciones omnipresentes. Esta colección es mucho más que un homenaje. Es un recordatorio. Se trata de un intento de reintroducir en el debate público italiano un pensamiento que nunca ha suscitado un aplauso fácil. Cuando Martino dijo que la defensa del individuo contra la arbitrariedad del Estado no es una moda, sino el corazón del liberalismo, nos recordó a todos que la libertad no es un accesorio.
Personalmente le debo mucho. No sólo porque me dio confianza cuando era pequeña con una corbata prestada, sino porque me enseñó que puedes permanecer en las instituciones sin perder el rumbo. Que podamos gobernar sin enamorarnos del poder. Que se puede ser minoría sin llegar a ser marginal.
Al leer estas páginas encontrarás al economista, al político, al profesor.
Pero sobre todo encontrarás a un hombre que ha elegido ser, en el fondo, simplemente liberal. En un país al que le gusta la ambigüedad, prefiere la claridad. En un sistema que premia la mediación sobre principios, recordó que no hay compromiso sobre los principios.