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A día de hoy, sigue existiendo uno de los misterios sin resolver más recientes de la sociedad estadounidense: la desaparición de Michael Rockefeller, descendiente de una de las dinastías estadounidenses más ricas y poderosas. Carl Hoffman reabre el caso en Wild Harvest (recién reeditado por Neri Pozza, 384 páginas, 30 euros) que, entre ensayo y ficción, regresa al año 1961 cuando Rockefeller desapareció entre los bosques inexplorados de Nueva Guinea sin dejar rastro. Se iniciaron búsquedas con barcos y aviones, la historia despertó el interés de la prensa y de la opinión pública pero, con el tiempo, la adinerada familia casi pareció querer silenciar la historia.

En la planta baja del Museo Metropolitano de Nueva York, en el ala sur que lleva su nombre, Michael C. Rockefeller está por todas partes. Excepto que vivo. La colección que lo celebra es un catálogo de maravillas y obsesiones: el oro precolombino, las geometrías africanas que le sirvieron de escuela hasta Picasso, los ídolos mesoamericanos y, luego, el bisj de Nueva Guinea. Tótems altos, verticales y ondulantes. Hombres sobre hombres, cuerpos trepando hacia símbolos a la vez sexuales y sagrados. Belleza y amenaza. Arte y advertencia.

Esta es una colección única. También porque cuenta una historia que no se puede archivar. Rockefeller, veintitrés años, heredero y aventurero por vocación más que por destino, decidió en 1961 ir donde el mapa se volvía desconocido. Nueva Guinea holandesa. Tribus, barro, agua, espíritus. Y objetos. Especialmente objetos. Porque coleccionar, a veces, es una forma elegante de no entender.

El viaje termina de la forma más sencilla y definitiva: zozobra, alta mar, deriva. Entonces una elección. Nadar. “Creo que puedo hacerlo”. Esta es la última frase que se le atribuye. Después, silencio. Y el mito.

Dos versiones. Siempre dos, cuando la verdad no resulta cómoda. La familia: ahogándose. La leyenda: la tribu Asmat. Caníbales. Hombres que no hacen distinción entre cuerpo y mente porque para ellos no hay diferencia. El libro de Carl Hoffman intenta quitarle el barniz exótico y mancillar la historia con realidad. Testimonios, cartas, nombres. No hay pruebas definitivas, pero sí pistas que están haciendo ruido.

Llega Rockefeller. O casi. Se le ve, quizá confundido con otro, quizá reconocido demasiado tarde. Lo matan. El resto sigue una lógica que para nosotros es el horror, para otros es el orden del mundo: el cuerpo como continuidad, el consumo como memoria.

Pero la pregunta no es sólo cómo muere. Así vive, hasta este momento. Compra bisj sin saber lo que realmente está comprando. No madera, sino almas. No objetos, sino deudas. Entra en un sistema que no comprende y lo cambia. Es el clásico error occidental: intercambiar valor por precio.

Luego está el detalle que cambia el tono: las cartas de los misioneros, los rumores que circulan, una calavera que quizás es encontrada y luego hecha desaparecer. No por misterio, sino por conveniencia. Político, colonial, familiar.

La verdad, cuando es inquietante, se archiva.

Y por eso hoy esos mástiles están ahí, perfectos, iluminados, expuestos en un museo. Cuentan una historia que no cuentan. Obras maestras, por supuesto. Pero con un coste que no aparece en ninguna leyenda.

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