Pasan los años, las décadas y los aniversarios van y vienen, y muchos tienen la sensación de que nada cambia en Bosnia y Herzegovina. El país está dividido, las tensiones políticas suelen ser extremas, mientras que la corrupción, los clanes y las mafias dominan la vida económica. La promesa de la integración europea sigue siendo una ilusión. Nadie ve una salida a este largo túnel en el que entró el país con la guerra y que parece continuar con la paz. La sensación de un día interminable.
Hace treinta años, el 14 de diciembre de 1995, los tres presidentes –el bosnio Alija Izetbegovic, el croata Franjo Tudjman y el serbio Slobodan Milosevic– firmaron los Acuerdos de Paz de Dayton en el Elíseo de París. Este texto, concluido tres semanas antes, el 21 de noviembre, en Ohio, bajo los auspicios de Estados Unidos, puso fin al conflicto de Bosnia-Herzegovina (1992-1995), atacado tanto por Serbia como por Croacia. En Sarajevo, el alivio prevaleció sobre la amargura. El reconocimiento de los proyectos nacionalistas serbios y croatas y el fin -temporal, se esperaba- del sueño de una Bosnia unificada y multiétnica sellaron tres años y medio de pesadilla.
Desde entonces, todos los intentos de hacer un balance de Dayton han caído en la misma trampa: aparentemente nada cambia. Por un lado, los partidos políticos elegidos sobre las ruinas de Yugoslavia en 1991, que dominaron los años de la guerra y dejaron su huella en Dayton, mantienen el control, incluso si los nombres de los líderes y partidos a veces han cambiado. El país sigue fracturado: dividido por los acuerdos en dos “entidades” (la Federación de Bosnia-Herzegovina y la República de Serbia), está efectivamente dividido en tres campos políticos y geográficos, y los nacionalistas croatas siguen demostrando ser tan virulentos como los nacionalistas serbios en su oposición al Estado unificado. Por otra parte, ninguna violencia armada ha conmocionado el período de posguerra. La gente vive con normalidad, como después de todos los conflictos que Bosnia ha conocido en su historia, impulsada por una singular indiferencia y la capacidad de burlarse de cada problema.
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