El autobús gira para llegar a la rue de Rivoli (I y IV). “Mira, se quedará atrapado en el tráfico”, desliza Emmanuel Grégoire, señalando la fila de coches que empieza a formarse.
Es casi mediodía. Un sol abrasador azota la capital el viernes 29 de mayo. Rue de Rivoli, sólo los pórticos del siglo XIX que la delimitan ofrecen algo de sombra. Rodeado de varios trabajadores de los servicios municipales, el alcalde socialista hace slalom entre grupos de turistas y exhibiciones de souvenirs.