Lo más interesante de la velada madrileña no es sólo la impresionante multitud. Éste es el contraste cultural que representa esta marea humana. En la misma ciudad, a pocos kilómetros, tuvieron lugar dos actos simbólicamente opuestos: por un lado el concierto de Bad Bunny, icono mundial de la música urbana, capaz de congregar a unas 60.000 personas; del otro, León XIV que hablando de Cristo, de paz, de silencio y de responsabilidad reunió a más de medio millón de jóvenes en la Plaza de Lima. “La historia se puede cambiar con amor y tú puedes cambiarla con amor”.
La escena es significativa porque niega, al menos parcialmente, una narrativa consolidada: la de una generación exclusivamente interesada en el entretenimiento y alejada de cualquier búsqueda espiritual. Estos quinientos mil niños no son necesariamente quinientos mil practicantes, pero testimonian la existencia de una demanda de significado que continúa atravesando el mundo de la juventud, incluso en las sociedades más secularizadas de Europa.
El contenido del mensaje es aún más interesante.
León XIV no habló de defender la identidad del cristianismo ni buscó atajos comunicativos para lograr consensos. Les dio a los jóvenes una misión sorprendentemente simple: “Ser humanos como Jesucristo”.
Detrás de esta fórmula se vislumbra una de las claves de su pontificado. En el origen de la crisis occidental, según León XIV, no hay principalmente una crisis religiosa sino una crisis humana. Cuando denuncia la indiferencia, la polarización, la guerra, la mentira y la indiferencia, el Papa describe fenómenos que preceden a la cuestión de la fe y conciernen al modo en que los hombres viven juntos.
Por eso su propuesta evita dos extremos que también atraviesan hoy el catolicismo europeo: por un lado, el refugio identitario de quienes se perciben asediados por la modernidad; por el otro, una adaptación pasiva a las modas culturales del momento. Citando la carta a Diognet, Leo
Incluso la referencia a lo digital debe leerse desde esta perspectiva. El Papa no demoniza Internet, pero lo considera un nuevo entorno humano en el que los cristianos están llamados a dar testimonio del Evangelio. Es el signo de una Iglesia que no pretende alejarse de los espacios de la modernidad sino atravesarlos con conciencia.
En este sentido, el discurso de Madrid a los jóvenes, consistente en preguntas y respuestas con los jóvenes, casi adquiere el valor de un manifiesto programático. Si Francisco había insistido sobre todo en la fraternidad y la cultura del encuentro, León XIV parece centrar la atención en la reconstrucción de la humanidad en una sociedad fragmentada. No propone revoluciones ideológicas ni programas políticos, sino una transformación que parte de las relaciones cotidianas, de la familia, del trabajo, de la universidad, de vínculos concretos.
Por eso la frase más importante de la velada no se refiere a la Iglesia sino al hombre. “Sé humano”. En una época marcada por miedos identitarios, conflictos culturales y tensiones geopolíticas, León XIV parece sugerir que la primera forma de evangelización consiste en mostrar que todavía es posible otra manera de ser hombre y mujer.
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