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La Unión Europea se prepara para aprobar una ley histórica para recuperar el control de sus fábricas. Pero al imponer cuotas a los componentes fabricados en suelo europeo, Bruselas está desatando la furia de Beijing. Entre los ultimátums diplomáticos y el riesgo de impuestos masivos sobre el coñac o la carne de cerdo, el enfrentamiento se está intensificando.

El Ministerio de Comercio chino envió una fuerte advertencia a la Comisión Europea el viernes 24 de abril. Si la Unión Europea adopta su plan de reindustrialización “Hecho en Europa”, llamado Ley de Aceleración Industrial (IAA) sin modificar su copia, Beijing reaccionará.

Habitualmente experta en largos rituales diplomáticos y lenguaje suave, China parece haber adoptado los métodos de su mejor enemigo: Donald Trump. Al amenazar con tomar medidas de represalia inmediatas para proteger sus intereses, Beijing está adoptando una postura frontal. Ya no espera la firma definitiva del texto: ahora intenta paralizar el proceso legislativo, mientras el proyecto todavía necesita ser validado por los Estados miembros y el Parlamento Europeo. Porque para China este plan es simplemente discriminatorio.

El fin del falso “made in Europe”

En el centro de la controversia está el mecanismo de “contenido local”. Es el pilar central del plan europeo para garantizar su independencia productiva. Hasta ahora, una empresa podía beneficiarse de las ayudas públicas europeas para ensamblar productos cuyos componentes procedieran principalmente de Asia. El nuevo texto quiere poner fin a este sistema.

Para recibir subvenciones o acceder a determinados contratos públicos ya no bastará con atornillar las piezas en Europa. Allí deberá fabricarse el núcleo del producto. Así, para los coches eléctricos, el texto prevé que el montaje final se realice en la Unión Europea, pero sobre todo exige que al menos el 70% del valor de los componentes (excluida la batería) sea de origen europeo. En cuanto a las baterías, el plan es progresivo pero firme. Primero requiere la integración de tres piezas clave producidas localmente y luego cinco al cabo de tres años, incluidos los elementos más tecnológicos, como las células.

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Para Beijing esto supone un revés en su estrategia exportadora. China, que domina la cadena de valor mundial de la tecnología verde, ve a sus empresas amenazadas de exclusión del mercado europeo si no trasladan una porción masiva de su producción –y conocimientos– al continente europeo.

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La doble barrera de las inversiones

El otro aspecto que provoca la furia de Beijing es el dinero. El plan europeo establece un estricto control sobre las inversiones extranjeras superiores a los 100 millones de euros en cuatro sectores considerados vitales: baterías, coches eléctricos, paneles solares y materias primas.

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Para que un inversor chino compre o establezca una fábrica en Europa, ahora tendrá que marcar varias casillas sociales y tecnológicas. En particular, tendrá que garantizar que la mitad de sus empleados sean europeos y que destinará al menos el 1% de sus ingresos anuales a la investigación y el desarrollo dentro de la Unión. Aún más restrictivo: debe comprometerse a obtener el 30% de sus suministros de proveedores locales.

Este “doble filtrado” pretende evitar que Europa se convierta en un simple país de acogida de fábricas de destornilladores extranjeras, ávidas de subvenciones pero pobres en beneficios económicos para nuestras PYME.

La factura de los territorios franceses

Si Bruselas mantiene el rumbo, China ya habrá preparado su lista de objetivos. Y varias regiones francesas corren el riesgo de pagar la factura. La estrategia de Beijing: atacar donde políticamente duele dividir a los países europeos.

El coñac está a la vanguardia. Beijing ya ha iniciado investigaciones sobre la venta deficitaria, un arma clásica para frenar las exportaciones francesas de alcohol. Para las casas de Cognac el mercado chino es vital; un cierre, incluso parcial, pondría en peligro miles de puestos de trabajo directos e indirectos.

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Los criadores de cerdos y los productores de leche también están en la mira. China ya ha demostrado su capacidad de causar daño al imponer impuestos de más del 60% a la carne europea. Para un sector que representa miles de millones de euros en exportaciones, la pérdida del mercado chino sería una catástrofe económica para nuestro campo.

Finalmente, en las regiones industriales, el riesgo es de otra naturaleza: el acceso a los recursos. Europa quiere producir sus propias baterías, pero todavía depende en gran medida de China para obtener metales raros y materias primas. Al presionar el botón de “detener” las exportaciones de minerales, Beijing podría paralizar nuestras nuevas fábricas incluso antes de que estén construidas.

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