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francesca mariani
“Ningún ser humano está a la altura de lo que ha hecho”. Es con este principio, tan simple como radical, que el Papa León lanzó un fuerte mensaje, pronunciado casi al final del Año Santo, que devuelve la dignidad, el futuro y la esperanza a quienes viven la experiencia de la prisión y a quienes comparten su carga a diario. “Hoy celebramos el Jubileo de la esperanza para el mundo penitenciario, para los presos y para todos aquellos que se enfrentan a la realidad carcelaria”, declaró el Pontífice al inicio de la homilía, explicando el profundo significado de la elección litúrgica. La alegría del Adviento, recordó, no es superficial ni evasiva, sino que nace de una espera confiada: “El domingo ‘de la alegría’ nos recuerda la dimensión luminosa de la espera: la confianza de que algo hermoso, alegre sucederá”. León XIV recordó entonces el gesto realizado por el Papa Francisco el 26 de diciembre, cuando abrió la puerta santa de la iglesia de Nuestro Padre en el interior de la prisión de Rebibbia. Un gesto acompañado de palabras que siguen siendo centrales para comprender el significado del Jubileo vivido tras las rejas: “Dos cosas os digo. Primero: la cuerda en la mano, con el ancla de la esperanza. Segundo: abriendo de par en par las puertas del corazón”. Una imagen, la del ancla, que invita a mirar más allá del presente y a creer “en la posibilidad de un futuro mejor”, sin renunciar por ello a un compromiso concreto: ser, subrayó el Papa, “con corazón generoso, operadores de justicia y de caridad en los ambientes donde vivimos”.
León XIV no oculta las contradicciones aún abiertas en el sistema penitenciario. “A pesar del compromiso de muchos, incluso en el mundo carcelario, todavía queda mucho por hacer”, dijo, recordando las palabras del profeta Isaías: “Los redimidos por el Señor regresarán y vendrán a Sión con júbilo”. Es Dios, explicó, “el que redime, el que libera”, y esta conciencia se convierte en “una misión importante y exigente para todos nosotros”. El Papa reconoció sin retórica que “la prisión es un ambiente difícil” y que “incluso las mejores intenciones pueden encontrar muchos obstáculos”. Precisamente por eso nos instó a no rendirnos: “No debemos cansarnos, ni desanimarnos ni retroceder, sino avanzar con tenacidad, coraje y espíritu de colaboración”. En la base de todo hay una convicción innegociable: “De cada caída debemos poder levantarnos” y, sobre todo, “la justicia es siempre un proceso de reparación y reconciliación”.
En el centro de la homilía, León XIV indicó una posibilidad que surge incluso en las condiciones más duras. “Cuando preservamos, incluso en condiciones difíciles, la belleza de los sentimientos, la sensibilidad, la atención a las necesidades de los demás, el respeto, la capacidad de misericordia y de perdón”, dijo, “flores maravillosas florecen en el duro suelo del sufrimiento y del pecado”. Incluso “dentro de los muros de las cárceles”, añadió, “maduran gestos, proyectos y encuentros únicos en su humanidad”.
“El Papa Francisco esperaba que, para el Año Santo, también se pudieran conceder formas de amnistía o remisión de pena, destinadas a ayudar a las personas a recuperar la confianza en sí mismas y en la sociedad y ofrecer a todos oportunidades reales de reintegración. Espero que su deseo sea seguido en muchos países”, advierte el Papa León. El Pontífice, reflexionando sobre el compromiso de promover en todos los ambientes y en particular en las cárceles “una civilización basada en nuevos criterios y, en última instancia, en la caridad, como dijo San Pablo VI al final del Año Jubilar de 1975, retomó la llamada de su predecesor contenida en la Bula Spes non confundit “de ofrecer a todos oportunidades reales de reintegración”. De ahí la esperanza: “Espero que en muchos países su deseo sea seguido. El Jubileo, como sabemos, en su origen bíblico, fue precisamente un año de gracia en el que se ofreció a todos, de diversas maneras. la oportunidad de empezar desde cero”.