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Desde las ventanas del centro de conferencias de la Universidad Federico II, en el paseo marítimo de Nápoles, se pueden ver las velas del Luna Rossa. Entrenamiento para las prerregatas de septiembre, de preparación para la edición 2027 de la Copa América. “Es un sueño hecho realidad”, comienza el ministro Andrea Abodi durante “Nápoles iza velas”, un evento del formato “Repubblica Insieme”, organizado en la universidad y dirigido por el subdirector Stefania Aloya.

“Pero ya estamos pensando en lo que el evento dejará en la ciudad”, subraya el ministro. El alcalde estuvo en primera fila para escucharlo Gaetano Manfredi y el presidente de la Región Roberto Fico. Se trata de un acontecimiento cuyo valor se estima entre 1.000 y 1.500 millones de euros, prueba de un acuerdo institucional en el eje Roma-Nápoles. “La decisión de invertir en la Copa América vino del Primer Ministro”, recuerda Abodi. Fico bendice la “colaboración”: “Si los proyectos son buenos, se llevan más allá de los colores políticos”. Y Nápoles ya reserva la próxima edición para 2029. “Tenemos que merecerlo”, catequiza Abodi. “Yo consideraría la ciudad”, se burla Marco Mezzaromapresidente de Sport et Santé, la filial estatal que organiza el evento. Todo depende de quién triunfe el año que viene: todas las miradas están puestas en el Luna Rossa para amenazar a los defensores neozelandeses. Pero detrás de las regatas se adivinan cuestiones políticas. De un lado, el gobierno de centroderecha. Del otro, Nápoles, epicentro del gran campo de centroizquierda con Fico en la Región y Manfredi en la Comuna. En plenas elecciones políticas de 2027. “La continuidad del gobierno garantizará la continuidad de Nápoles”, bromea Abodi. Fico responde con una sonrisa: “Si formamos gobierno, lo asumiremos continuamente hasta la edición de 2029”.

La apuesta de la Copa América se cruza con el destino de Bagnoli. Dónde se alojarán las bases de los equipos. Un sitio de interés nacional, 230 hectáreas entre el cielo y el mar en la zona occidental: en espera de reurbanización desde hace 35 años, tras el cierre del antiguo Italsider. Desde principios de los años 90, debates interminables, investigaciones judiciales, quiebra de la empresa pública de transformación urbana. “Sin la Copa América – insiste Manfredi – habríamos construido el nuevo Bagnoli en diez años. Este evento es un gran acelerador y crea conciencia de que Nápoles puede hacerlo y jugar en la Liga de Campeones de la gran ciudad. Salgan del “pantano de la inacción”, grita el alcalde, después de que “el precio lo han pagado los jóvenes obligados a abandonar Nápoles”.

Ciudad ante el reto de la “modernización”. Conscientes, afirma Manfredi, de que “el turismo no es suficiente, no es una economía que pueda durar. Necesitamos servicios y empresas de alta tecnología”. Y la “revolución de la normalidad”. Porque “en circunstancias excepcionales estamos bien – explica el ex ministro – en la normalidad luchamos. Tenemos que hacer cosas”.

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