Para Europa, la defensa ya no es un capítulo incidental ni un tema aplazable. Entre 1990 y 2021, el continente experimentó alrededor de treinta años de inversión insuficiente, con incluso las capacidades militares más avanzadas fragmentadas en diferentes plataformas y rara vez interoperables. Los analistas de la industria estiman que se necesitará al menos una década de aumento del gasto para recuperar el terreno perdido. Incluso si se llegara rápidamente a un acuerdo entre Rusia y Ucrania, la trayectoria no cambiaría, porque la guerra ya ha reescrito el escenario estratégico, colocando la seguridad en el centro de las prioridades presupuestarias europeas. No se trata sólo de tanques o municiones, sino del surgimiento de un conflicto híbrido que combina cinético, cibernético, espacial, propaganda y ataques a infraestructuras críticas.
Sin embargo, en un punto las cancillerías y las industrias europeas están empezando a converger: el factor tiempo se ha vuelto decisivo. Las amenazas se mueven más rápido que la cadena defensiva. Los misiles balísticos e hipersónicos comprimen el espacio de reacción en minutos. La verdadera diferencia puede marcarla un sistema de defensa capaz de transformar una señal en una decisión operativa sin obstáculos: recopilación de datos, fusión de información, evaluación de amenazas, elección de respuesta, compromiso.
Pero la velocidad por sí sola no es suficiente. También se necesita masa crítica. Ningún país europeo, tomado individualmente, es capaz de sostener la competencia tecnológica
e industrial con los principales actores globales. De ahí la urgencia de alianzas estratégicas a escala continental y de asociaciones industriales capaces de desempeñar el papel de sherpas de los Estados: la industria puede acelerar la integración del continente poniendo en común competencias, tecnologías y plataformas. Es un concepto reiterado varias veces por el director general de Leonardo, Roberto Cingolani, a saber, la necesidad de una mayor coordinación, un liderazgo compartido y finalmente sistemas compatibles entre los 27 de la Unión.
Es en este contexto que nació Michelangelo Dome, la respuesta europea de Leonardo a las amenazas globales. No es una solución tecnológica única, sino una arquitectura completa: una cúpula protectora dinámica que conecta y comunica activos terrestres, navales, aéreos y espaciales en un entorno cibernético seguro, orquestando de manera coordinada sensores, sistemas de comando y control, inteligencia artificial y efectores. El objetivo no es sólo ver primero, sino introducir los datos en el sistema, transformarlos en conciencia compartida y luego en acción, eligiendo la respuesta más eficaz con retrasos compatibles con las amenazas modernas, incluso del orden de unos cientos de segundos.
La clave es la innovación. Algoritmos que fusionan flujos de información heterogéneos, modelos predictivos que permiten anticipar comportamientos hostiles, potencia informática capaz de gestionar enormes volúmenes sin sobrecargar la cadena de toma de decisiones. Aquí es donde Leonardo juega un juego coherente con su ADN industrial: integrando electrónica, sensores, plataformas y software en los diferentes dominios operativos, llevando la misma lógica del sistema desde la defensa aérea al mar, desde la tierra al espacio. Y es aquí donde un proyecto como el de Miguel Ángel puede convertirse, en palabras de Cingolani, en un embrión pragmático de defensa común:
una plataforma abierta, modular y escalable, diseñada para ser compatible con los estándares de la OTAN e integrable con los medios de los países aliados, evitando así otra catedral cerrada y nacional.
Las aplicaciones son múltiples y concretas: protección de infraestructuras críticas, puertos y aeropuertos, zonas urbanas sensibles, bases, polígonos industriales, grandes acontecimientos. Pero también la capacidad de gestionar ataques complejos y simultáneos, como enjambres de drones y amenazas de misiles. En otras palabras, una defensa diseñada para el mundo real, donde el riesgo puede venir de múltiples direcciones y con diferentes herramientas.
Europa debe defenderse, pero también debe poder hacerlo de forma autónoma, reduciendo las dependencias y la fragmentación.
Michelangelo Dome, con su referencia simbólica a la cúpula como ingeniería protectora, da forma a esta necesidad, poniendo la velocidad y la interoperabilidad en el centro, transformando la innovación en disuasión. Porque hoy más que nunca la seguridad puede ser cuestión de minutos.