Cuando era adolescente, Thomas imaginaba asumir el papel de paternidad cuando tuviera veintitantos años. A los 24, 25 o 26… Un poco como su padre, que lo tuvo a los 25. “Medio siglo después, siempre me ha parecido muy bonito. Marca la diferencia para una generación sin que nos sintamos tan distantes”, estima este vecino de Nantes (Loira Atlántico), que hoy tiene 37 años.
Este sueño de paternidad tenía cualidades muy reales. No se trataba, por ejemplo, de reproducir el patrón que había vivido con su padre. “Siempre imaginé que la educación de mi futuro hijo sería la contraria a la que yo recibí. Algo menos masculino, menos competitivo…” Los recuerdos de infancia que conserva de la relación con “este hombre que nunca muestra sus emociones” son los de las tardes rehaciendo una terraza o las salidas de verano al centro de reciclaje.