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En nuestras ciudades, en el campo, en los pueblos pequeños y grandes, la democracia despierta temprano. Se sube a los autobuses que los llevan a hospitales, almacenes logísticos, cocinas de hoteles, escuelas, obras de construcción, oficinas iluminadas por frías luces de neón. Tiene las manos agrietadas de alguien que ayuda a una persona mayor, la placa colgada del cuello de alguien que entra a un centro de llamadas, el casco de alguien que entrega paquetes antes de que la ciudad se dé cuenta de que los necesita. No habla de programas, partidos, instituciones. No abrió los periódicos, no inició un debate, no votó. Sin embargo, a través de estos gestos plantea una pregunta política esencial: ¿puede alguien que pasa la mayor parte de su vida en lugares donde no decide casi nada que le concierne realmente sentirse soberano en el espacio público?

La teoría democrática suele empezar más tarde, cuando el ciudadano ya se ha hecho público. Cuando hablamos, elegimos, deliberamos, protestamos y votamos. Axel Honneth nos anima a dar un paso atrás. Para dar cabida a una vista previa preliminar. Lo que nos lleva ante la asamblea, antes de la votación, antes de la opinión expresada, incluso antes de la palabra. Donde la ciudadanía aún no es un derecho ejercido, sino una disposición que se está formando o consumando. Que florece o se seca. Este lugar es el mundo del trabajo. Porque es allí, mucho antes, en el espacio político visible, donde aprendemos si nuestra voz cuenta, si la cooperación es posible, si la autoridad puede discutirse, si la dependencia se ha convertido definitivamente en dominación o aún puede regularse como elemento esencial de la vida en común.

Axel Honneth, en su último libro, El trabajador soberano. Trabajo y ciudadanía democrática (Il Mulino, 2025), parte de este umbral olvidado. El espacio democrático no está poblado por individuos suspendidos en un espacio neutral de deliberación – dice Honneth – sino, en su mayor parte, por personas que trabajan. Hombres y mujeres que pasan una parte decisiva de sus vidas en lugares donde aprenden no sólo a producir bienes o servicios, sino también a obedecer, a callar, a cooperar, a competir, a confiar, a desconfiar, a sentirse útiles o incluso, desgraciadamente, inútiles. Antes de ser votantes, somos trabajadores. Antes de entrar en la esfera pública, pasamos cada día por mundos sociales que pueden hacernos más o menos capaces de hacernos escuchar. De hecho, la premisa de Honneth es la siguiente: “Uno de los mayores defectos de casi todas las teorías de la democracia es que persisten en olvidar que los sujetos que componen el soberano que invocan en voz alta son siempre también, en su mayor parte, trabajadores” (p. 27). Ésta no es una simple observación sociológica, sino más bien una objeción filosófica. Esto significa que una teoría de la democracia que no tenga en cuenta la división social del trabajo termina pensando en la participación política como si dependiera únicamente de derechos formales e instituciones representativas que son ciertamente condiciones necesarias, pero no suficientes. Porque el ciudadano que, por la noche, debería informarse, discutir, deliberar y tomar una posición política, es el mismo que, durante el día, puede haber estado absorto en un trabajo pobre, repetitivo y controlado, que le quitó su tiempo y su confianza en la posibilidad de que su voz realmente cuente.

El trabajo como infraestructura moral

Este es un pasaje que representa una implicación lógica, aunque radical, de la teoría del reconocimiento de Honneth. El trabajo no es sólo uno de los lugares donde podemos ser reconocidos o no reconocidos. Es una de las infraestructuras morales de la democracia. No sólo produce ingresos. Produce temas. Nos acostumbra a la cooperación o la subordinación, así como a la autonomía o la pasividad, la responsabilidad compartida o la competencia solitaria. Desde este punto de vista, el trabajo no está ni antes ni fuera de la democracia. Lo atraviesa desde el interior. Lo prepara o lo corroe. Por eso la cuestión decisiva no es sólo si un trabajo está suficientemente remunerado, incluso si el salario sigue siendo una condición elemental de libertad. No se trata sólo de si el medio ambiente es estable, seguro y protegido. La pregunta más exigente es si este trabajo permite a quienes lo realizan considerarse parte de una comunidad social para la cual su actividad tiene sentido y dignidad. Honneth escribe esto, en la presentación de la edición italiana, recordando una proximidad inesperada: “Al igual que Bruno Trentin, parto también de la hipótesis de que en nuestras sociedades la equidad y la justicia de las relaciones laborales deben medirse hoy por la medida en que estas relaciones permiten a los trabajadores contribuir libremente, sin restricciones y sin vergüenza, a la práctica de la formación democrática de la voluntad, haciendo uso concreto de su derecho formal a la participación. Y también estoy de acuerdo con él en que esto implica mucho más que un empleo garantizado y unos ingresos suficientes: siempre y cuando la actividad que realizan no goza de reconocimiento social y sólo implica un estímulo intelectual insignificante, mientras no tengan voz en la definición de los objetivos de producción y en la organización del proceso de trabajo, los trabajadores no tengan las condiciones necesarias para el ejercicio de sus derechos de ciudadanía democrática, de todas estas exigencias se deduce que, en las sociedades democráticas, las relaciones de trabajo sólo se organizarían de manera suficientemente justa y equitativa si a su vez estuvieran democratizadas hasta el punto de que en ellas cada trabajador, hombre y mujer, pueda ya considerarse miembro de la comunidad. una comunidad autodeterminada” (págs. 12-13). Esta es una afirmación importante, porque traslada el trabajo del campo de la protección social al de la constitución democrática del sujeto.

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