Hay un hilo conductor que une a desde la secularización de Occidente hasta la lenta demolición de sus instituciones más sagradas, que acompaña el avance del Islam. En el Sovereign Grant Report, el documento oficial que regula los deberes de la Corona inglesa, aparece un cambio formal en el que el rey ya no es simplemente el gobernador supremo de la Iglesia de Inglaterra. A partir de ahora, su tarea será “proteger el espacio de la fe en una nación multirreligiosa”.
¿Qué significa eso? El Palacio de Buckingham abdica inexorablemente de su tradición al El rey Carlos III, que decidió realizar el proyecto que llevaba desde 1994. La apertura de Carlos a otras religiones además de la anglicana no es reciente, hasta el punto de que han surgido en sustancia varias teorías de conspiración. Ya en 2022, cuando el rey prestó juramento, esta impronta se hizo notar en sus primeros actos como soberano del Reino, pero el juramento del nuevo rey (Juramento de Coronación) es un documento inviolable transmitido sin modificaciones desde 1688. El expediente utilizado por el rey Carlos III en esta ocasión fue insertar su impronta en la introducción oficial, con referencias explícitas a “personas de todos los credos”, y con una bendición extendida a las diferentes confesiones.
Incapaz de modificar el juramento, cuya modificación es responsabilidad exclusiva del Parlamento según un procedimiento atípico, la Corona inglesa, bajo el rey Carlos III, optó por otro camino: actualizó la descripción del papel monárquico en sus documentos oficiales, para vincular a sus sucesores. Si el futuro rey Guillermo, o su hijo Jorge, quieren volver a los orígenes del papel monárquico, tendrán a su vez que evolucionar el “título de trabajo” de la Corona. Esto no es sólo un cambio de forma, es algo mucho más profundo en la historia británica, que tiene sus raíces cuando el entonces Príncipe de Gales planteó la hipótesis de que quería ser el defensor “de las religiones” y no “de” la fe, que en el Reino Unido es la fe anglicana. Abdicar del papel del cristianismo como baluarte significa abrir de par en par las puertas al Islam y sus pretensiones. Carlos III, en un intento por salvar una monarquía percibida como anacrónica, eligió el camino del multiculturalismo extremo, ofreciendo un apoyo institucional sin precedentes a la segunda religión del país.
Desde un punto de vista institucional, este desarrollo crea una grieta en la coherencia del sistema constitucional del Reino Unido. Actualmente, la ley exige que el soberano sea anglicano y que los obispos de las iglesias estatales se sienten en el Parlamento. Definir la monarquía como un organismo protector de una nación multirreligiosa hace que estos privilegios anglicanos históricos sean contradictorios, dando lugar a movimientos seculares que exigen la separación total de la Iglesia y el Estado. Sin embargo, a nivel social, al ofrecer legitimación formal a todas las religiones, el rey se priva del papel de unificador espiritual bajo una misma identidad histórica compartida, convirtiéndose en cambio en un árbitro entre las diferentes comunidades. Este escenario favorece al Islam británico, que constituye la comunidad más activa y dinámica. Los líderes musulmanes ahora pueden considerar a la Corona como un escudo legal para defender sus escuelas religiosas y la visibilidad de su fe en el espacio público.
Es casi un un reconocimiento “estatal” informal del Islam (y otras religiones muy minoritarias), cuyas implicaciones a largo plazo no pueden formularse como hipótesis. Lo que ya se puede teorizar hoy es la exigencia de paridad legislativa. Una vez que se establezca el principio de que el rey debe proteger el Islam y otras religiones de la misma manera que el anglicanismo, será difícil negarle a la comunidad islámica representación oficial en las instituciones.
Se abrirá un debate para garantizar escaños en la Cámara de los Lores también a imanes y líderes de otras religiones, o para levantar la prohibición que impide a un no anglicano ascender al trono, cambiando así la naturaleza misma del Estado.