Todo empezó el sábado con la muerte de dos esquiadores franceses, arrastrados por una avalancha que les sorprendió fuera de pista en Val-d’Isère (Saboya). No estaban equipados con un detector de víctimas de avalanchas (DVA), lo que complicó las búsquedas iniciadas por amigos que permanecían en las pistas de la estación saboyana.
A esto se sumó una configuración muy desfavorable del lugar, con un paso estrecho donde se acumuló el caudal, cubriendo a las víctimas bajo 2,5 m de nieve. Una altura impresionante hace que el trabajo de los rescatistas sea extremadamente largo y agotador, mientras que cada minuto cuenta: una persona enterrada durante más de media hora tiene sólo un 20% de posibilidades de sobrevivir.