Con la mano izquierda en la rodilla y la otra apoyada en la raqueta, Jannik Sinner está en el infierno. Estamos al final de la tercera ronda del partido contra el argentino Juan Manuel Cerundolo, 56º del ranking ATP. Por su mirada y su actitud, el número 1 del mundo quizás sepa que ya perdió, que todo está perdido. Perdió 3-6, 2-6, 7-5, 6-1, 6-1. No será este año cuando añadirá Roland-Garros a su lista de éxitos. A falta de Carlos Alcaraz, la oportunidad seguía siendo buena.
Su cuerpo lo traicionó, su organismo lo traicionó. Durante el partido se creyó que la cadera, que le había causado tormentos en el pasado, no era la causa de su sufrimiento. Fue el calor que odiaba y su cuerpo repentinamente espumoso lo que lo empujó hacia la eliminación. “Esta mañana no me sentía bien cuando me desperté. No dormí muy bien. Y en el campo me sentí débil. Es deporte”, dijo el italiano una hora después del partido, en una sala de prensa raramente abarrotada.