La historia de la humanidad está plagada de civilizaciones perdidas, y tanto los arqueólogos como los historiadores han trabajado durante mucho tiempo para comprender por qué y cómo colapsaron. Algunos pudieron resaltar señales de advertencia recurrentes, como la creciente desigualdad, la pérdida de confianza en las élites y las crecientes tensiones internas. Pero ¿qué pasa con una civilización tecnológica global como la nuestra? ¿Cuánto tiempo puede durar? ¿Qué podría provocar su colapso? ¿Sería esto último definitivo?
Estas vertiginosas preguntas son difíciles de abordar ya que las variables que entran en juego exceden con creces nuestro conocimiento actual. Los autores de un nuevo artículo publicado en arXiv y retransmitido por Universe Today, se proponen abordarlo. Dirigido por la investigadora Celia Blanco, afiliada al Centro de Astrobiología de España y al Instituto de Ciencias Espaciales Blue Marble de Seattle, el estudio se construyó en la intersección de la astrofísica, la astrobiología y las ciencias sociales.
En el centro de su pensamiento está la famosa paradoja de Fermi, también llamada el “Gran Silencio”. En una galaxia que tiene miles de millones de años, ¿por qué no observamos rastros claros de civilizaciones extraterrestres avanzadas? Una hipótesis a menudo invocada es la del “Gran Filtro”: en algún lugar del camino desde la vida simple a una civilización tecnológica interestelar se encuentra un paso particularmente difícil de superar, que condenaría a la mayoría de los mundos antes de que sean visibles a escala galáctica.
El estudio de Blanco y sus colegas no busca identificar con precisión este Gran Filtro, sino explorar los propios mecanismos del colapso: en qué condiciones colapsa una civilización tecnológica y a qué velocidad puede renacer. “Cuánto tiempo permanece activa una civilización tecnológica y qué determina si colapsará o persistirá es una cuestión central, tanto para planificar el futuro de la humanidad como para estimar la frecuencia de inteligencia detectable en la galaxia”.escriben los autores. Para responder a esta pregunta utilizan sofisticadas simulaciones digitales, aplicadas a una civilización. “de origen terrestre” proyectado a lo largo de mil años.
En cierto punto se detiene
Los investigadores definieron diez escenarios futuros plausibles para una civilización global, combinando diferentes regímenes de gobernanza, niveles de presión sobre los recursos y exposición a riesgos. Para cada escenario realizaron 200 simulaciones durante un período de 1.000 años, para observar la dinámica de crecimiento, crisis, colapso y posible recuperación. Las trayectorias están impulsadas por la interacción entre tres factores principales: riesgos externos (desastres naturales, impactos, pandemias), limitaciones de recursos y arquitectura sociopolítica.
Un concepto clave que estructura su análisis es el de “ciclo de servicio” (ciclo de trabajo). Esta es la fracción de la vida total de una civilización durante la cual permanece tecnológicamente activa y detectable. En sus simulaciones, este ciclo oscila entre aproximadamente 0,38 y 1,00: un ciclo de 1 significa que no se produce ningún colapso, mientras que un ciclo más débil refleja períodos de “silencio” después de un colapso tecnológico. Dos escenarios, denominados “Edad de Oro” y “Fuera del Edén”, muestran un crecimiento continuo en tecnología y estabilidad de recursos durante todo el período de 1.000 años, mientras que otros, como “Gran Hermano” o “Espada de Damocles”, presentan colapsos tempranos y frecuentes. En otras palabras: en algún momento las cosas se estancan.
El riesgo de civilizaciones fantasmas
Los hallazgos también detallan cómo cada tipo de sociedad colapsa o se regenera. Si ciertos escenarios nunca colapsan, otros colapsan rápida y definitivamente, y otros alternan fases de colapso y reconstrucción parcial. Estas dinámicas internas moldean no sólo el destino de la civilización, sino también su potencial “firma” en la atmósfera de su planeta. Los autores están particularmente interesados en algunos contaminantes industriales como el dióxido de nitrógeno, el CFC-11, el CFC-12 y el tetrafluorometano, ya propuestos como posibles tecnofirmas que permitirían la detección de civilizaciones extraterrestres.
Estos gases no aparecen iguales en todos los escenarios: por ejemplo, sólo el escenario “Espada de Damocles” produce tetrafluorometano, mientras que futuros como “Viviendo con la Tierra”, “Transhumanismo”, “Deus ex Machina” o “Fuera del Edén” no generan CFC detectables. La vida atmosférica de estas moléculas también juega un papel importante: el dióxido de nitrógeno dura sólo unas pocas horas o días en una atmósfera terrestre típica, mientras que el tetrafluorometano puede persistir durante más de mil años, ampliando el período de detectabilidad de una civilización desaparecida. En otras palabras, algunas trayectorias permitirían detectar civilizaciones “fantasmas” en la atmósfera, mucho después de su colapso.
Los autores, sin embargo, reconocen las limitaciones de su enfoque. Su marco de modelado se basa en tipologías de escenarios específicos del territorio, inspirados en las tendencias actuales en geopolítica, ecología y tecnología. Presupone formas de gobernanza, limitaciones de recursos y mecanismos de recuperación que reflejan nuestra historia y que no necesariamente se aplican a civilizaciones no terrestres o a aquellas que siguen otras trayectorias de desarrollo. Sin embargo, estos escenarios pueden arrojar luz sobre nuestro futuro.
Los análisis revelan que dos parámetros dominan en casi todos los escenarios: la tasa de agotamiento de los recursos y la capacidad de recuperación después del colapso. Reducir el consumo de recursos parece ser al menos tan crucial como limitar riesgos graves -como asteroides, guerras mundiales o pandemias- para evitar la caída. Por tanto, el estudio muestra que una civilización puede sobrevivir a crisis graves si conserva suficiente capital natural y conocimientos técnicos para recuperarse, mientras que un modelo basado en la sobreexplotación la vuelve extremadamente frágil.
Aquí surgen dos visiones opuestas: la primera ve las civilizaciones tecnológicas como fundamentalmente inestables, siempre a un paso de la extinción. El segundo postula que, a partir de un cierto umbral de madurez, se vuelven más robustos: se protegen de los impactos cósmicos, resisten mejor las pandemias y van más allá de la guerra como modo de regulación.