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New Balance Arena, agotado. Con las luces encendidas, Curva Nord ruge como una pandilla de Little Italy lista para ajustar cuentas con Dandi e Il Freddo. Y allí, en el banco de invitados, está sentado: Gian Piero Gasperini, el ex técnico que durante nueve años hizo del Atalanta una potencia, la Europa League elevada al cielo, la Champions y el ritmo, laterales afilados como espadas y atacantes transformados en bombarderos despiadados. Nueve temporadas de gloria, presiones interminables, goles lloviendo como balas en una película de Scorsese. Así que adiós a los “nuevos estímulos”. ¿Pura traición, como Fredo Corleone o ventanas abiertas de par en par para respirar el aire imperial de la loba? En el fútbol, ​​como en la vida, la familia lo es todo, hasta que llega una oferta que no puedes rechazar.
La Diosa, cazadora mitológica, rápida, orgullosa, sin concesiones, corre libremente por los bosques de Bérgamo, sin detenerse ante nadie. Y mañana podrá, como Gasp, no mirar atrás, hacia esta cuarta Roma y su defensa de búnker, con Dybala y Ferguson apuntando al corazón. Raffaele Palladino, el joven teniente que llegó al poder tras el caos de Juri, se hizo cargo de un grupo huérfano pero hambriento con Scamacca como ariete, De Ketela y el ilusionista Sulemana como ala del futuro. Por otro lado, Gasp ha forjado una Roma sólida, dispuesta a responder golpe por golpe.
Una ovación de pie en la entrada, luego silencio, tal vez abucheos, porque en nuestro mundo, el ex es siempre el primero al que apunta con el arma.

¿Serán los Buenos amigos, con venganza y risa nerviosa, o Los Difuntos, todos los traidores que hay dentro? Una cosa es segura: mañana se rodará en Bérgamo una película de culto, de esas que Francis Ford Coppola ralentizaría con entradas y una banda sonora de los Stones.

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