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“Antes de cada partido tengo dudas. Es lo más normal. Si no sientes la duda y la presión, significa que no te importa”. Es sábado por la noche, Sinner responde a Ubaldo Scanagatta en rueda de prensa tras el fácil éxito contra Sebastian Ofner. Como a Jannik nunca le ha gustado hablar de sí mismo, si lo hace es porque empieza a cuestionarse ciertas cuestiones: en particular, sobre los acontecimientos que afectan su vida dentro y fuera del campo y la necesidad de gestionar situaciones personales complejas. Es un pasaje que no se centra en la técnica o la táctica sino en ese ámbito confuso donde termina el tenis profesional y comienza la soledad, el miedo a no ser lo suficientemente bueno, los pensamientos que surgen por la noche en casas y habitaciones de hotel sin alma. Lo hace, número 1 del mundo, con la conciencia (término que utiliza a menudo) de quien no habría pronunciado las mismas frases hace apenas tres años.

Hoy he seguido la victoria maratónica de Lorenzo Musetti contra Francisco Cerundolo en la Centrale, el emocionante regreso de Luciano Darderi contra Tommy Paul en el BNP Paribas Arena (3-4, 6-3, 6-2), luego, por la noche, Elisabetta Cocciaretto dominó por Iga Swiatek (6-1, 6-1). También vi a Matteo Arnaldi cuidando al joven fenómeno Rafael Jodar. En cada uno de estos partidos y en otros encontré las profundidades de la duda evocada por Sinner, pero camufladas bajo la geometría de los pasadores cruzados y a lo largo de la línea.

La duda de los grandes tenistas es también un topos literario. Andre Agassi en “Open”, quizás el libro más lúcido jamás escrito por un tenista, admite que jugó durante casi toda su carrera con miedo a perder y que experimentó los triunfos no como una alegría sino como una bala esquivada. En un campo – esta es su experiencia – estás tan expuesto que descubres cosas impactantes sobre ti mismo: lo frágil que eres, dónde eres capaz y dónde no, cuánta fuerza necesitas para permanecer allí. El libro comienza con tres palabras muy citadas – “Odio el tenis” – pero el verdadero centro no es el odio, es la desnudez. David Foster Wallace, que fue una prometedora tenista y luego un brillante reportero, llega a “Cómo Tracy Austin rompió mi corazón” con la hipótesis contraria o complementaria: el genio del campeón consiste, paradójicamente, en una especie de silencio interior. El mejor jugador consigue ganar porque en los momentos decisivos su cabeza permanece en silencio. El secreto del fenómeno es, por tanto, algo esotérico y evidente al mismo tiempo. La respuesta dada es que la mente analítica es un obstáculo para el desempeño: el que piensa experimenta dudas; el que duda se equivoca. Ergo, el campeón aprende a no pensar. No porque no tenga pensamientos, sino porque tiene que silenciarlos.

Sinner, la otra noche, parecía moverse precisamente entre estos dos polos. No negó la duda, como lo habría hecho Tracy Austin de Wallace, pero tampoco se dejó aplastar como el joven Agassi. Dijo: hay dudas, debemos controlarlas y aún debemos seguir adelante. Un punto de equilibrio difícil, el punto de equilibrio de los adultos.

Musetti llegó a Roma con otro tipo de dudas: pocos partidos en los últimos meses, falta de confianza en sus capacidades. Hoy está jugando mal a pesar de cómo fue el partido contra Cerundolo (7-6 6-4), y lo admite: “El estrés me ha afectado, llevo unos días sin sentirme bien, he tenido calambres de tensión y de emoción, y no entiendo los motivos”. Para él, la duda no es una molestia antes de entrar en el campo: es, en esta fase, una compañera constante, y se trata de un talento que a veces se desvanece. Afortunadamente para él, Cerundolo, que le venció en la Copa Davis y en la final de Umag, hoy tiene más dudas que él. Mi amigo Giovanni diría que Lorenzo y Francisco son jugadores melancólicos”.

Elisabetta Cocciaretto probó, al inicio de la velada en Centrale, las consecuencias de las nuevas certezas de Iga Swiatek: 6-1, 6-0. La polaca ha transformado sus dudas en un manifiesto en el que afirma que la presión viene de dentro: es un producto de la mente que hay que tratar como un derechazo. Defendió públicamente a su psicóloga Daria Abramowicz, que la sigue desde hace años, cuando los resultados no llegaban y alguien se burlaba del diván del entrenador mental. Otra grande de la última década, Naomi Osaka, hoy en el marcador ante Diana Shnaider (que se estrelló por 6-1 y 6-2), cinco años después del famoso fracaso en París -cuando se saltó Roland Garros para no asistir a las ruedas de prensa y reveló que padecía largos episodios de depresión y ansiedad desde 2018-, sigue siendo la figura que abrió la puerta tras la cual Zverev, Madison Keys (que a principios de año contó cómo la terapia mejoró su tenis y su felicidad), Swiatek y otros.

El tenis tiene la crueldad de no dejar salida. No hay compañeros a los que pedir ayuda, no se puede pedir una sustitución como en el fútbol o el baloncesto, no hay posibilidad de retirarse de las acciones si es necesario. En palabras de Billie Jean King, “la presión es un privilegio”, pero ese privilegio se paga con dinero en efectivo todas las mañanas. Afortunadamente, el tenis actual está plagado de dudas. Abiertamente. Lo dice Sinner con la sentencia del sábado por la noche, lo dice Zverev en su confesión en Wimbledon, lo reitera Swiatek al defender a su equipo, lo dice Osaka mientras huye, Musetti lo explica admitiendo que llegó a Roma con poca confianza. Es una revolución silenciosa, hecha por campeones que se permiten ser frágiles y por un público que aprende a escucharlos.

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