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Durante demasiado tiempo hemos tratado la cultura como un adorno y la música como un entretenimiento. Se trata de un viejo error, pero hoy en día cada vez menos duradero. La investigación científica ha comenzado a describir con creciente precisión lo que la experiencia humana ya sabía: la exposición a las artes, la participación cultural y la música puede afectar el bienestar psicológico, la regulación emocional, la calidad de vida y, en algunas áreas, las funciones cognitivas y neurológicas. No estamos ante una retórica consoladora, sino ante un campo de estudio serio, en expansión, que exige rigor: la cultura no sustituye a la medicina, pero puede sostenerla, integrarla, fortalecerla.

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