Estar solo en casa por la noche, cenar frente a una pantalla o sentirse fuera de lugar en una habitación llena. Hoy la soledad cambia de rostro, sea cual sea la situación en la que te encuentres, el sentimiento es siempre el mismo: exclusión. Durante muchos años, la soledad ha sido una emoción que debemos afrontar en privado, pero nos damos cuenta de que sus efectos se sienten no sólo dentro de nuestros propios hogares, sino en toda la comunidad.
En los últimos cincuenta años, el modo de vida ha cambiado, revolucionando incluso las costumbres italianas más tradicionales: hemos dejado de vivir juntos. No en un sentido metafórico, sino demográfico.
Como se resume en un estudio del Think Tank Sandwich Club, fundado por el diputado Giulio Centemero, titulado Solitude, “en Italia, los hogares unipersonales representan hoy el 36,2% del total, frente a la cuarta parte a principios de los años 2000, y las estimaciones prevén que este porcentaje aumentará hasta el 41,1% en 2050”. Italia no está sola en este enfoque, sino que otros países europeos también están avanzando en la misma dirección. Sin embargo, existe un problema: si bien los estilos de vida están cambiando, los sistemas de protección social y políticas públicas no se están transformando al mismo ritmo.
Cuando hablamos de soledad siempre se vincula al nivel emocional, o al límite clínico, pero no a la necesaria transformación económica. Por citar sólo un ejemplo, el aumento de la esperanza de vida ha producido millones de personas mayores que han sobrevivido a sus parejas, pero sin redes cercanas, lo que evidentemente supone un coste real. Pero incluso sin mirar a los mayores, un adulto que vive solo ocupa más espacio habitable por persona, soporta los costes fijos de vivir solo, desde la electricidad hasta la calefacción o la comida, sin poder compartirlos.
En la vida actual, las personas solteras viven con altos costos de vivienda, un ritmo de trabajo cada vez más rápido y, a menudo, inestabilidad. Según Centemero, sobre esta base nació la economía única, “con un coste de varios miles de millones de euros cada año”. También porque, según los análisis clínicos, la soledad prolongada tiene un impacto muy alto en la calidad de vida, comparable a fumar 15 cigarrillos al día o a una obesidad grave. La soledad también aumenta significativamente la incidencia de patologías neurológicas, endocrinológicas y cardiovasculares, empezando por la falta de cumplimiento terapéutico.
Sin embargo, la soledad no es sólo un coste, sino también un mercado. Según datos de Bloomberg, el mercado mundial del cuidado de mascotas alcanzó los 323.000 millones de dólares en 2024 y superará los 500.000 millones de dólares en 2030.
La misma suerte corren las plataformas de streaming o los servicios de entrega de comida a domicilio pensados para quienes viven solos, haciendo casi superflua la convivencia de una comida con amigos o una velada de cine.
Por lo tanto, nos enfrentamos a una economía única y próspera, pero donde el costo humano corre el riesgo de terminar en números rojos.