La razón es que Italia sigue muy expuesta al gas, que sigue determinando el precio en las horas punta. Por otro lado, países como España, donde las energías renovables representan más del 50% de la producción eléctrica, viven cada vez más horas en las que los precios están muy bajos. En otras palabras, la brecha real hoy no radica sólo en los niveles promedio de precios, sino también en la frecuencia con la que la energía se vuelve abundante y barata.
Por tanto, la transición energética no es sólo una política medioambiental, sino una reducción estructural del riesgo económico. Cuanto más aumentan las energías renovables, más cae el precio hacia cero durante muchas horas, menos gas entra en la determinación del precio y menor es la exposición a las perturbaciones geopolíticas. En este sentido, la transición funciona como un seguro: reduce la volatilidad y hace que el sistema sea más estable. La comparación de países hace que esta dinámica sea aún más evidente. En España, donde las energías renovables cubren actualmente más de la mitad de la producción eléctrica, el mercado registró más de 500 horas con precios nulos o negativos en 2025, o alrededor del 12 al 14% del tiempo anual. En la práctica, esto significa que, en promedio, durante dos o tres horas al día, la energía es abundante y casi gratuita. En muchos otros países europeos con alta penetración de energías renovables, como Alemania, Francia u Países Bajos, se observan valores similares, con más de 500 horas al año de precios negativos o nulos. Se trata de un fenómeno en rápido crecimiento, vinculado a la expansión de la producción a partir de fuentes renovables.
Italia, sin embargo, representa un caso diferente. El mercado eléctrico italiano registra sólo ocasionalmente precios muy bajos y, a diferencia de otros países europeos, prácticamente no hay horas con precios negativos. Esto refleja una mayor dependencia del gas, que sigue determinando el precio la mayor parte de las horas.
De ello se deduce que la diferencia entre los países hoy en día reside no sólo en el nivel de precios promedio, sino también en el número de horas durante las cuales la energía se vuelve abundante y barata. Y es precisamente esta diferencia la que define la nueva distribución energética.
Por eso, si realmente queremos medir el avance de la transición, debemos empezar a mirar nuevos indicadores, capaces de hacer visible lo que ya está sucediendo en los mercados: cuántas horas al mes la energía cuesta casi cero, qué tan grande es la brecha entre las horas en las que el precio lo determinan las energías renovables y aquellas en las que entra el gas, y qué tan lejos estamos de los países más avanzados. Se trata de cifras sencillas, pero que cuentan una historia muy diferente de la que suele percibirse en el debate público.